lunes, 13 de abril de 2020

Los salingers y los espejos

Marlon Aquino presenta su segunda novela, Las ilusiones. Nos plantea un juego de espejos a distintos niveles.  


En la novela corta Las ilusiones, su autor, Marlon Aquino Ramírez (Callao, 1980), plantea al lector participar de un juego de espejos y de metaficción. ¿Cuál es la verdadera Las ilusiones? ¿Acaso aquella novela que firmará el narrador-personaje, o la que se refiere constantemente y escribió Mario Ayala?

Sobre todo, ¿dónde termina la realidad y empieza la ficción? Esta es una pregunta clave sobre la cual muchos autores ficcionalizan y ensayan. Es, “un territorio comanche”, como diría Arturo Pérez-Reverte.

Nombres y máscaras
Aquí, el nombre del narrador-personaje casi no interesa. Lo más importante son sus características: un pésimo estudiante que va a terminar sus tres años de estudio en la Escuela Nacional de Periodismo, que abraza esta (¿noble?) profesión, sin pasión, solo con el único norte de trabajar en un medio de prestigio y recibir ingreso libre a conciertos, viajes a lugares turísticos, invitaciones a galerías de arte, “todo eso sin pagar absolutamente nada” (Pág. 13).

Aquino aprovecha la libertad que le otorga enmascarar ciertos personajes reales y espacios para poder hacer crítica a los escribas de noticias y, a estos devolver la cachetada a sus parientes lejanos, los literatos.

Es el otro juego de espejos. Los nombres reales alterados, tal vez algunos más fáciles de deducir por las referencias fonéticas, nos permiten adivinar a los poetas y narradores locales a los que se hace referencia.

Sabemos, sin que se nombre, que estamos en Lima; deducimos que “Mercado Llona” es Vargas Llosa; que el hombre de los talleres literarios, “Sebastián Cueva”, es Alonso Cueto; que José Miguel Arteaga es Arguedas, y “Carlos Alegre”, Alegría. Verbigracia.

Efímera fama
Y Mario Ayala es uno de “nuestro salingers”. Escribió una novela que escaló fama internacional, pero después desapareció del mapa literario.

No es un bluf. Le apesta el mundillo literario. A la vez, su éxito hiere a quienes supuestamente nacieron para ganar el éxito ficcionalizando. Tanto así, que preferirá que su hermano, Mariano, tome su lugar en las entrevistas y repita como un loro los lugares comunes que ya dijo el verdadero autor.

Ergo, es un perfecto outsider. Un advenedizo para el mundo de las Letras. Se trata de un ingeniero que ingresa a un taller literario y ahí escribe la novela que ganará un premio internacional y recibirá buenos comentarios de un Premio Nobel. Lo promocionan como “la esperanza en medio del terror”. Luego se perderá, nunca escribirá su segunda novela. Y se irá a vivir en una casa “a la altura de la cuadra cincuenta y tres de la avenida Universal” (Pág. 21), en Lima.

Se infiere que Aquino parte de sus propias vivencias. O ha observado a muchos outsiders durante su propia estadía en Estados Unidos (estudió un doctorado en la Northwestern University, de Chicago). Esta experiencia de peruano en el extranjero sirve para el caldo de cultivo de su segunda novela.

El autor comprende que la perspectiva del narrador-personaje es pobre. Que necesita ser enriquecida con otros puntos de vista. El segundo capítulo, por ejemplo, es una lectura que hace Ayala de su cuento “París en Washington”, caldo de cultivo de Las ilusiones.

Pero el capítulo “Letras en la pantalla”, es, para este Mamut Que Levita, uno de los mejores de la novela, donde Aquino despliega su manejo de la pluralidad de voces y la ironía para retratar a un conductor de un programa literario, sus comentaristas e invitados, desde el punto de vista de dos camarógrafos de televisión. Excelente.

Violencias y técnicas
Hay rasgos de violencia que subrepticios en el narrador-personaje (su celosa y tóxica relación con Sasha). Esa violencia contenida será importante, pues es un rasgo que también -descubriremos- comparte Mario Ayala, el autor de la verdadera novela de culto, y el personaje principal de su novela. Rasgos de violencia contenida, historias de amor sin finales felices.

Juego de espejos. Ayala cuenta que se basó en las vivencias de un amigo, no las propias para escribir primero el cuento y luego, la novela y los finales de estas historias tienen algunas variantes.

La sociedad peruana vive en el contexto de la novela, entre fines de los ochenta e inicios de los noventa, la violencia terrorista. Es un dato casi referencial, porque los hechos de Las ilusiones, escrita por Ayala, está narrada en la última etapa del protagonista en Estados Unidos, país al que llegó para estudiar una beca, y se enamora de una compañera de un curso de idiomas que debe de saldar (en la otra versión es alguien que conoce jugando partidas de ajedrez).

El capítulo final, “La ficción es una enfermedad”, es el más largo de toda la obra e intenta responder. Pero Aquino demuestra mayor destreza en los capítulos cortos, que le permiten plantear mejor el avance de la novela.

Además, hay aspectos, como la relación secreta entre Mario Ayala y los jóvenes escritores, que son muy ricas y no se desarrollan. O que el contexto de la violencia del Perú de fines del XX pudo ayudar a ahondar ciertos aspectos para hacer pintar los claroscuros de los personajes de Las ilusiones de Ayala (la ficción dentro de la ficción). Son aspectos que pudieron explotarse mejor.

Sin embargo, estamos ante un autor que demuestra destreza en el manejo de las técnicas literarias.

Estemos atentos al novelista en construcción que habita en Marlon Aquino.

Ficha técnica: 
Aquino Ramírez, Marlon. Las ilusiones. Lima, Caja Negra, 2019.  Pp. 116.

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  @vadillovila