jueves, 16 de enero de 2020

Los Tiempos recios de Vargas Llosa



Un Nobel de Literatura que ya no toma riesgos, se convierte en un vaca sagrada que se oxida. 

Tal como lo ha hecho en sus dos obras anteriores, El héroe discreto y Cinco Esquinas, para Mario Vargas Llosa sería más fácil mover los hilos de sus personajes e historias por Lima, Arequipa o Piura. Tal vez Madrid o Londres; inclusive Cochabamba. Es decir, urbes que conoce muy bien o donde ya hizo respirar a otros personajes o de las que tiene recuerdos que servirían para los vericuetos de la ficción. 

Pero prefiere, para crear esta nueva relación estética con el lector, tomar un riesgo histórico-geográfico y Tiempos recios (Lima, Penguin RandomHouse, 2019), su nueva novela, es la primera que ambienta en Guatemala; un país centroamericano de 1954, de tiempos del gobierno de Jacobo Árbenz, de la CIA interesada en el traspatio de los Estados Unidos.

Para ser un autor octogenario que ha tenido el enorme honor de vivir de la Literatura y de ser exitoso, el escribidor arequipeño da una patada en las posaderas a autores que, con la mitad o la tercera parte de sus años, no dejan de ser monotemáticos y conformistas con sus trabajos.  

Sabemos que no estamos ante el Vargas Llosa “comprometido”, ferviente practicante y participante del proyecto hispanoamericano de la “novela total”; el deicida que compite con Dios en la creación y construcción de un mundo.  

Ese autor de La casa verde (1965), quedó atrás. Para quien “la escritura de novelas totales como respuesta a las demandas al escritor-intelectual de izquierda sobre la necesidad de proyectar en los textos literarios una imagen integral del proceso histórico y social del continente”, escribió JorgeValenzuela Garcés en Principio Comprometidos (2013; pág. 11). 

Con ese Vargas Llosa, el actual solo comparte el nombre. 

De la exuberancia al minimalismo 
Una primera aproximación a Tiempos recios es la tendencia del narrador a resumir y explicar los hechos al lector; es un novelista obligado a este recurso -¿por contrato?, ¿por la necesidad de ser global?- para facilitar el trabajo al gran público y todo quede respondido en las 353 páginas de la novela. 

Por ejemplo, las páginas dedicadas a describir y resumir lo que significaba la presencia del nuevo embajador de Estados Unidos en Guatemala, John Emil Peurifoy, “Un fanático y un racista, sin duda; y también, un maccarthista de espíritu espeso, de asimilación intelectual muy lenta (Pág. 239), dedica varios párrafos del capítulo XXV para dejar claro de quién se trataba este personaje. 

En el capítulo I sucede algo similar, cuando Vargas Llosa describe a Edward L. Bernays y Sam Zemurray, personajes norteamericanos claves para comprender la multiplicación de los sembríos de banana en las selvas centroamericanas que conocía como la United Fruit y era casi como un sinónimo del capitalismo norteamericano. 

Se necesitan esas descripciones siempre para que partan los diálogos. Lo que le quita el brillo a lo que el propio Vargas Llosa buscaba en las ficciones que analizaba: “Cuando leemos novelas no somos el que somos habitualmente, sino también los seres hechizos entre los cuales el novelista nos traslada” (1996; 11). 

Es -resulta difícil no hacer las comparaciones con el anterior MVLL- una narrativa casi yuxtapuesta a la primera novelística vargasllosiana, mejor representada por La guerra del fin del mundo o La casa verde. En esta última, por ejemplo, la fuerza de las descripciones tiene un efecto envolvente sin igual para el lector; es La casa... un libro deudor de William Faulkner, “en cuyos libros descubrí las hechicerías de las forma en la ficción, la sinfonía de puntos de vista, ambigüedades, matices, tonalidades y perspectivas de que una astuta construcción y un estilo cuidado podían dotar a una historia”, escribió el propio autor (1998; 9). 

Por ejemplo, ese primer capítulo de La casa verde, que asemeja un largo soliloquio y es, sobre todo, el viaje fluvial por la Amazonía, de las madres Angélica y Patrocinio junto a los guardias Chiquito, el Oscuro, el Pesado, Rubio y el práctico Nieves, con sus flashbacks en ese insomne viaje, contiene una belleza poética única, de la que un lector no puede emerger hasta la última frase.  

Otra lectura podría considerar que Mario Vargas Llosa, finalmente, aborda los estragos producidos por el paso de la United Fruit Company en diversos países del Caribe y Centro América (conocidas como "repúblicas bananeras"), tal como en su momento ficcionalizaron, a partir de los abusos económicos, políticos y sociales cometidos por esta firma norteamericana, otros Nobel latinoamericanos: Miguel Ángel Asturias y Gabriel García Márquez.  

Vasos comunicantes
En Tiempos recios hay elementos que le permiten a Vargas Llosa ir sobreseguro en su nueva aventura narrativa. Son herramientas que cualquier narrador lo necesita. 

Y para ello toma personajes sobre los que había trabajado en La fiesta del chivo (2000), su primer periplo novelístico por Centro América y el Caribe: el dictador dominicano Rafael Trujillo y su oscuro jefe del Servicio de Inteligencia Militar, Johnny Abbes García. Sin la acción de estos dos y Peurifoy, el derrocamiento planteado por la CIA, simplemente, no hubiera funcionado. 

Mirada del mundo
Las ficciones sirven para exponer las obsesiones y miradas de sus autores. 

En los libros de Vargas Llosa como en el de cualquier autor, el uso de los ciertos adjetivos permiten ver la mirada de quien escribe sobre cierto fenómeno. 

En el caso del Nobel peruano, hay una mirada despectiva por la población “no blanca” (los negros, indígenas o nativos) que se desprende del uso de los adjetivos. Claro, no podemos pedirle a Vargas Llosa que sea un José María Arguedas, y su mirada tierna hacia los campesinos quechuahablantes. Sólo este punto puede significar un ensayo sobre la obra vargasllosiana.  

En la página 94 de Tiempos recios se lee: “Guatemala, donde los los blancos -los que se creían blancos- miraban a los indios como su fueran animales.” Hace recordar a un pasaje con la misma carga emocional en Lituma en los Andes (1993): “Se oían truenos a lo lejos, retumbando en las montañas con unos ronquidos entrecortados que subían desde esas entrañas de la tierra que estos serruchos creían pobladas de toros, serpientes, cóndores y espíritus. ¿De veras los indios creen eso?” (Pp. 12-13).

El escritor tampoco es magnánimo con el oficio del periodista, un oficio que asocia a la “aventura”, la bohemia y a “la fascinación de los hechos”. Jamás al trabajo intelectual riguroso. Ya lo explicó cuando dijo en García Márquez. Historia de un deicidio

“Es el aspecto aventurero del periodismo lo que lo entusiasmó, pues cuadraba perfectamente con un rasgo de su personalidad: la fascinación por los hechos y personajes inusitados, la visión de la realidad como una suma de anécdotas.” (2000; 41).  

En Tiempos recios, cuando el narrador habla del inicio de la relación de Rafael Leonidas Trujillo con Johnny Abbes García, explica que este último era un hombre de prensa especializado en la hípica; “un periodista del montón, algo bohemio, especializado en caballos”. (Pág. 77)

¿Lecturas encontradas?
Algunos ven una disociación entre el Vargas Llosa-columnista-semanal, y el Vargas Llosa-novelista y que esto se arrecia en Tiempos recios

Si bien en el segundo perviven las cenizas de aquel concepto vargasllosiano genial de “la literatura es fuego”, como dijo en su discurso en Caracas, al recibir en 1967 el Premio Rómulo Gallegos y reflexionó a partir del inconforme poeta puneño Carlos Oquendo de Amat. 

Hay un Vargas Llosa comprometido con el pensamiento liberal, tal como lo subrayó cuando publicó “mi propia historia intelectual”, La llamada de la tribu (2018), a partir del análisis de siete autores del liberalismo. 

Opina el autor: “La doctrina liberal ha representado desde sus orígenes las formas más avanzadas de la cultura democrática y es la que ha hecho progresar más en las sociedades libres los derechos humanos, la libertad de expresión, los derechos de las minorías sexuales, religiosas y políticas, la defensa del medio ambiente y la participación del ciudadano común y corriente en la vida pública.” (Pág. 29).

Entonces no es que Tiempos recios sea antinorteamericano o que el autor demuestre ambigüedad al hablar positivamente de la reforma agraria que un soñador como Jacobo Árbenz quería implementar, siempre inspirado en lo logrado por Estados Unidos, y que ésta nación trabajó para tildarlo de comunista y así facilitar su salida del poder.
Lo que hace Vargas Llosa en su nuevo trabajo de ficción, es subrayar sus valores liberales. Pone en escena a esa policía secreta norteamericana llamada CIA que mueve los oscuros hilos del poder en Latinoamérica para que su país continúe con beneficiándose de su status quo, que permitió el auge de la United Fruit Company y otras empresas, admitiendo que en esos países del tercer mundo, estas firmas actúen casi en contraposición con los valores que los Estados Unidos vendían al mundo: un modelo de capitalismo forjado exclusivamente por el trabajo del hombre.

Más de cuarenta años antes, en Historia de un deicidio, ya se había anunciado esta mirada. Al hablar de la determinante niñez de García Márquez en Aracataca, Vargas Llosa escribió: “La invasión económica norteamericana no tiene oposición e, incluso, es bienvenida porque crea el espejismo de la bonanza: establece nuevas fuentes de trabajo, eleva los salarios misérrimos del campesino del latifundio feudal y da la impresión de contribuir a la modernización y el progreso.” (Pág. 17). El margen de tiempo entre ambas obras, reflejan que el consecuente pensamiento vargasllosiano liberal, a través del tiempo. 

Bibliografía:
Valenzuela Garcés, Jorge. Principio Comprometidos. Mario Vargas Llosa entre la literatura y la política (Lima, Facultad de Letras de la UNMSM, 2013).

Vargas Llosa, Mario. La casa verde (Madrid, Santillana Ediciones Generales, 2005). 

Vargas Llosa, Mario. García Márquez. Historia de un deicidio.  Barcelona, Barral Editores, 2000. 

Vargas Llosa, Mario. La verdad de las mentiras. Ensayos sobre la novela moderna (Lima, Peisa, 1996).

Vargas Llosa, Mario. Lituma en los Andes. Barcelona, Planeta, 2008.

Vargas Llosa, Mario. La llamada de la tribu. Lima, Alfaguara, 2018.

Vargas Llosa, Mario. Tiempos recios. Lima, Penguin Random House, 2019.


martes, 7 de enero de 2020

¿Se puede motivar la ciencia y los valores a los niños sólo con un libro?

Las páginas de reseñas de libros poco nos preocupamos por los libros para niños o adolescentes o los de difusión de las ciencias. Haremos una excepción con Todos somos genios



¿Cómo despertar en los niños y adolescentes el amor por las Ciencias, la Economía o las Letras? ¿Cómo lograr un real interés por abrazar el amor por el conocimiento o el interés por los problemas del mundo? ¿Cómo robarle tiempo a las prioridades actuales de la vida de los “nativos digitales”, como los videojuegos en línea o redes sociales para que ellos y ellas volteen la mirada y encuentren otras motivaciones?

Estas preguntas preocupan a padres, a educadores y a sociedades enteras como la estadounidense o la Unión Europea, donde las pruebas tipo PISA demuestran que el número de niños y adolescentes interesados por la Ciencia decrece.

Esto a diferencia de contextos entre las dos Guerras Mundiales, donde muchos de los Premios Nobel crecieron. En cambio en India o China, el número de menores de edad interesados en los campos de las ciencias duras aumenta, ¿por qué? Tal vez el desafío que plantean las carencias sea una buena respuesta. Las buenas narraciones no plantean respuestas totales ni sirven para crear una escuela de genios, pero sirven para motivar.  

Cuando hablamos de libros que nos hagan amar la ciencia, no me refiero precisamente al turbante de Baldor, libros llenos de ejercicios de Álgebra y Geometría con los que crecimos varias generaciones de latinoamericanos. Hablo de El mundo de Sofía, del noruego JosteinGaarder, un volumen fascinante que logró ese objetivo último de encandilarnos con el conocimiento como si se tratase de un cuento de hadas. Hoy es un clásico utilizado en escuelas secundarias o primeros ciclos de la universidad.   

De lo absorto a la comprensión del caos
Todos somos genios carece del vuelo literario y filosófico del libro de Gaarder. Tampoco es su propósito. Apuesta por una narración sencilla y breve sobre las historias de vida de pensadores y activistas galardonados con el Premio Nobel, aquellos que han ayudado a hacer del Mundo un espacio mejor.

Aquí están 32 historias de estos hombres y mujeres valiosos. De la prisión y esperanza de Nelson Mandela en Sudáfrica, al mundo realismo-religioso sudamericano de Gabriel García Márquez. De las semillas mejoradas desarrolladas que salvaron millones de la hambruna, de Norman Ernest Borlaug, a la construcción del primer reactor nuclear elaborado por Iréne Joliot-Curie y su marido. De lo absorto a la comprensión del caos.

Algunos casos necesitan narrar las carencias o la violencia, como el campo de concentración donde vivió el escritor húngaro Imre Kertész, o las vidas difíciles que tuvieron Elinor Ostrom (Nobel de Economía) o Shiri Ebadi (Nobel de la Paz).

Lo que muestra Todos somos genios es que el común denominador de los hombres y mujeres que lograrán el Premio Nobel es que tomaron las dificultades para motivarse y salir adelante. Piense, ¿cuántos niños migrantes, que sufren penurias y son tratados con desdén no serán los potenciales genios que den respuestas a las problemáticas del mundo de hoy?

Se trata de buenos argumentos para enamorar con historias de cinco o seis párrafos, a este público de edad tan difícil como la preadolescencia y adolescencia. Y despertar en algunos de ellos la vocación científica o social. 

Equilibro entre historias y aportes
El mérito al escribir para este público siempre será mantener su atención. Y hablar de Premios Nobel de Química, Física, Literatura, Medicina, Física, Economía, Paz, se logra solo gracias a un equilibrio entre la historia personal y el trabajo desarrollado. 

Complicado es reducir teorías científicas y sociales a uno o dos párrafos. Pero Andrew Maltés y Arturo Torres logran hacer un buen trabajo de síntesis, mientras Omar Andrés Penagos, sin modificar el trazo, otorga a los personajes esos ojos grandes, que en la cultura japonesa significan la transparencia del alma.

Salen airosos y logran transmitir lo básico del trabajo de los semiconductores elaborado por John Bardeen, ganador de dos premios Nobel de Física. O el “teorema del niño malcriado” del economista Gary Becker. La “teoría de las estructuras disipativas” del ruso y Premio Nobel de Química, Ilya Prigogine, y el “principio de exclusión” del físico austriaco Wolfgang Pauli. O la “teoría de la información en la Economía”, del ruso Leonid Hurwicz, entre otros.

Este tipo de párrafos explicativos a veces hacen perder el interés si es que los niños son muy pequeños (de 8 o menos años). No sucede lo mismo con niños de 10 a más edad, que empiezan a mirar la vida de otra manera, se problematizan, se preocupan. El mérito es ese: envolverlos sobre el interés del mundo por resolver. Y a quienes los acompañamos leyéndolos, conocer de ellos y, en un momento, exigir que las calles dejen de tener nombres de militares y lleven nombres de científicos, literatos y hombres de paz.   

FICHA:
Maltés, A. y Torres M. A. Todos somos genios. Historias de los Nobel para niños y niñas. Lima, Planeta Junior, 2018. Pp. 134.

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  @vadillovila