martes, 23 de abril de 2019

Un ave rapaz sobrevuela el abismo (y al fondo está Ud.)

Richard Parra es el pasajero sanguinario de la literatura peruana del XXI. Una rara avis que nos invita a una Contemplación del abismo, y lo hace desde el relato, considerado el patito feo de la narrativa comercial. Si quiere sentirse perpetuado y perturbado, tiene entre manos al autor correcto.



1.
Richard Parra ha nacido para perturbar a los lectores. Zarandearlos. Escupirlos. Mearlos. Contrasuelearlos. Cogotearlos. Y dejarlos en estado de coma. Qué bueno, porque ustedes querrán que continúe el martirio; continuar, digo, leyéndolo.

Hay un acto de sadismo al leer un relato o una novela donde se aviva la violencia en sus diversas formas (explícita, implícita; física, verbal). El lector termina siendo socio, testigo y partícipe. Inclusive asqueándose, continuará leyendo, porque es jodidamente delicioso seguir en una obra muy bien escrita, que te obliga mantenerte atento hasta la última página. Entonces, recién reflexionas y terminas con las ganas de soltar la siguiente bomba atómica o abrazar a tus seres queridos para hundirse juntos en algún gueto esperando el fin del mundo, porque ya nada importa.

Apuntemos, sin embargo, que la violencia que exudan los personajes de Parra (Lima, 1976) no es gratuita. No son los baldes de pintura bermellón con las que Tarantino salpica sus películas. Esta violencia está muy ligada a la historia peruana reciente. Tiene un porqué.

Bien lo señala el novelista español Antonio Muñoz Molina: “Parra tiene ese talento para urdir narraciones pegadas a la realidad política e histórica y a la lengua de su país que parece un don particular de los escritores peruanos”.

 

2.
Mi primer encuentro con Parra fue el díptico de novelas Necrofucker / La pasión de Enrique Lynch (2014), que llegó con buenas críticas y había sido publicado en España. En rasgos generales, diré que me llamó la atención tanto sus personajes, la violencia exprofesa, el uso de los tiempos, y que rindiera tributo al universo de lo breve: la novela corta y el relato.

Parra también ganó el premio Copé por su ensayo sobre el inca Garcilaso de la Vega, pero no es de interés para el presente comentario.

Pongo el ojo en Contemplación del abismo, editado en 2010 y reeditado en 2018. Se trata de un conjunto de 11 relatos. Y ya lo dije en el anterior comentario, que una obra sea reeditada en el exiguo mercado editorial peruano, más allá de las guías de autoayuda o los textos escolares, es algo que llama la atención.

3.
El Macondo del autor huele mal y está poblado de antihéroes. Se ubica a la orilla del río Rímac y aquí no hay pizca de romanticismo, sino meaderas, peleas y perros callejeros.

Se ubica entre Cárcamo, Zarumilla y Mirones, en el Cercado de Lima. Aquí pasan tiempo parte los personajes de Necrofucker / La pasión de Enrique Lynch. Y en el caso de Contemplación del abismo, es el microcosmos donde se desarrolla “La Navidad de la niña”.

Otro aspecto por resaltar es el rol de la mujer en las historias de Parra. Se trata de una protagonista emancipada, que goza su libertad, sobre todo sexual o aprende a pelear con los hombres (esto último es el caso de “Susana”, niña protagonista de “La Navidad de la niña”).

En “La jaula”, “Amanda” se abstiene de hablar de su pasado, vivirá una relación que sabe transitoria con el protagonista sin nombre -¿“inca”, “cholo”?- que luego ella decidirá cortar. Similar situación tiene “Mariana”, la coprotagonista de “De regreso en Roma”, que juguetea sexualmente con quien le place y sabe poner fin a las mismas relaciones.

Pero esa libertad femenina tiene un límite cuando llega un hombre, quien ejerce un grado mayor violencia contra el cual no puede luchar y termina doblegándola (la violación y el asesinato, parecen siempre ir de la mano en la narrativa de Parra). Y esto es mayor en el caso de las mujeres provincianas:

En “El Cristo de Aucayacu”, tanto los militares como los senderistas cometen estupro con las mujeres. Y una adolescente cobrará venganza de todas ellas, dejando idiota al “Cristo”. En “El visitante”, el abuso viene del patrón Bernal y sus hombres, que controlan Vichaycoto y alrededores. Es decir, las mujeres son objetos más que sujetos por parte de la sociedad. ¿Denuncia? No lo creo. Mirada, básicamente. Mirada aguada sobre una sociedad rapaz.

En  “Contemplación del abismo”, el clima de violencia es similar y los protagonistas de estos últimos dos relatos y “La muerte de liquichiri” comparten una característica fantasmagórica real y alegórica, para lograr liberarse. Aunque no siempre lo logran.

Ojo, la mujer no es solo víctima ni mártir, sino muchas veces partícipe. En “Entierro de una madre”, Parra toma el contexto de la caída del gobierno de Alberto Kenya Fujimori en el año 2000 para contar, a partir de esa “desgracia” de las familias beneficiadas por el régimen corrupto. El texto es casi una justificación del porqué la hija “Flor” y su hermano son tan distantes a la hora de disponer de las cosas de su difunta madre.

Anotemos que en los textos de Richard Parra casi no importa el nombre de los narradores-protagonistas. Es un detalle donde no pone énfasis. Nos enteramos casi de casualidad el nombre de ellos, más sí conocemos el del resto de personajes.

Otro tema presente en la mayoría de relatos son las supersticiones y la brujería, que aparecen sin espacio geográfico definido; sobrevuela toda la narrativa, como si fuera tejido epitelial de la nación -narrada.

¿Cuándo Parra es consciente de que el narrador es autor de un texto? ¿Existe? Esto se da en “Motosierra (o quisiera alquilar una casita en las montañas)”, una de las mejores historias, con el contrapunto de violencia alegórica. Los dos personajes, “Patty” y “Jimmy”, son amantes de las películas de terror, serie B; de personajes que han sobresalido por el grado de violencia; o gustan de actos sadomasoquistas, pero, a la vez, odian la violencia real, la que daña sin un fin de juego. Y cuando la practican por vez primera, significará el alejamiento de los personajes. A la vez, hay un desdoblamiento: “Jimmy” se reconoce como autor del relato, pregunta al lector sobre la verosimilitud de la historia y crea un supuesto crítico a su obra, que pondrá en entredicho el relato.

Me gusta la facilidad con la que el narrador se desplaza por espacios urbano-marginales de la ciudad y de espacios rurales. No es nada convencional y hay una naturalidad, un dominio de los espacios convencionales, poco común entre los narradores peruanos comerciales, enfocados en Lima y un par de playas. O vidas de escritores tercermundistas básicamente en Estados Unidos -¿cuándo París dejó de interesar a los narradores peruanos?, ¿fue un salto cualitativo o mucha influencia de Hollywood?-.

Muchos de los personajes son migrantes pobres, andinos sobre todo: migran hacia Lima o de Lima parten a otros países sin dejar su marginalidad (“La jaula”, “De regreso en Roma”, etc.).

Lo dulce, digamos, es la presencia de los animales: hay un tratamiento romántico con los animales -aunque corren igual suerte de los humanos y su situación es más triste porque no hay reclamo ni defensa ante la violencia humana-. ¿Quién es más animal?

Y los finales abiertos, dejan la tarea al lector de poner el punto final en su mente. 

P.D.

No sé en qué carajos andará ahora Parra. Mucho silencio en sus redes. Mucho silencio editorial.

Inquieta.

Estoy esperando su siguiente estocada.

Maldito, Parra.

mamutquelevita.com

(*) Todas las opiniones de esta página pertenecen solo a su autor.


CITA:
“En este abismo, vivo despojado de la memoria. Y estas imágenes que asaltan mi mente, ¿qué son? ¿Los latidos que yo escuchaba en tu vientre? ¿O el temblor de tu cuerpo que circunscribía al mío?” (Pág. 49)

Puntuación:
4.5 de 5

Ficha técnica:
Parra, Richard. Contemplación del abismo (Lima, Animal de invierno, 2018). Páginas: 153.

viernes, 12 de abril de 2019

El amor post mortem es posible (y es gratis)

Del por qué debemos de considerar a El fantasmocopio una de las mejores novelas cortas peruanas y, de paso, creer en el más allá y reír en el más acá.



Sacando provecho al tráfico limeño en hora punta, me bajo del bus y me formulo una serie de preguntas frente a las novedades de una librería típica limeña.

¿Por qué el humor está ausente de las novelas que ojeamos/compramos/leemos en las librerías limeñas? (Quería escribir “librerías peruanas”, pero casi no hay librerías en ese conjunto de ciudades y pueblos denominados “el resto del país”. Disculpen la tristeza).

1) Tal vez se deba a nuestra herencia colonial. Colonia: tiempo en que los gestos adustos eran celebrados por el mundillo oficial, aunque, por lo bajo, en el universo de las tapadas limeñas, nadie lo respetara. Y en la era republicana se siguió ese estribillo, de ahí que los escritos de “El Murciélago” sacaran roncha a los gobernantes de turno y a su séquito.

2) Entre los escribas nacionales parece que la seriedad es un rédito. Que se tomará más en serio al autor realista y pontifical. A muchos, por estas razones, y no por el escándalo de los textos de opinión copiados, no les cae Alfredo Bryce Echenique: ABE hace del humor melancólico un arte mayor; y se toma tremendos tanganazos mientras escribe, para mayor escándalo de sus lectores, abstemios, claro está.

Segunda pregunta, ¿por qué un militar debe de escribir con la rigidez de un soldado cumpliendo un castigo calato en Ticlio? Esto tiene relación directa con los soporíferos discursos que se escucha en cuanta ceremonia oficial castrense se transmite por televisión (y los pobres hombres engalonados creen que gritando mejoran su discurso, sintaxis y estilo).

Se comprende que es parte de la cultura militar el expresarse como ventrílocuos, con la rigidez marcial como entrada a un universo prohibido para civiles. Segundamente, tenemos el modelo típico del militar sudaca: un profesional de las armas que parece nunca haber leído por placer un libro, solo memorandos y manuales de armamentística y, claro, que odia cualquier expresión artística, como si eso lo convirtiera ipso facto en marica. 


(Pausa publicitaria: tome gaseosas Lulú)

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Portada de El fantasmocopio. Foto: mamutquelevita.com

Carlos Enrique Freyre (Lima, 1974) es oficial del Ejército Peruano, algo que, de solo mencionarlo, y sin que hayan leído una línea de lo que escribe, hará aflorar anticuerpos al selecto grupo de peruanos lectores para quienes –nos ponemos del otro lado del espejo de la sociedad limeña- es inimaginable que un escritor o artista sea también militar. Y, para colmo, escriba bien. Jodidamente bien.

Freyre es narrador con oficio. Novelista y guionista, a más señas. De las cuatro novelas que ha publicado, me interesa El fantasmocopio, publicada en el 2010 y –rarísimo en el mercado editorial peruano, donde las ediciones no pasan de 500 ejemplares y se devuelven más de la mitad para alegría de las polillas- reeditada el año pasado. La novela está tan bien escrita que te obliga a leerla de un solo tirón.

Aquí el argumento: En una casucha de Villa El Salvador, Teófilo Bernabé ha creado el invento más importante que la Humanidad ha conocido, después de la rueda, los impuestos y las redes sociales: el comunicarse con los muertos y verlos face to face a través de un aparato de televisión.

La primera en comunicarlo al mundo, y vía microondas desde la desértica Lima Sur, será la famosa reportera de televisión Marité Estela, que se quedará boquiabierta tras comunicarse con su prima, fallecida hace varios años, Gianina Robinson, quien le habla desde el otro lado de la vida, gracias a un enorme aparato cuyo apéndice es una pantalla de TV, desde donde vivos y muertos se ven y dialogan, como quien se toma un café en Starbucks y charla por wasap con la gentita.

La humanidad entera hará cola, desde millonarios hasta ilustres personajes de bolsillos vacíos, para poder pararse frente a frente al fantasmocopio y comunicarse con sus seres queridos. Nadie comprenderá en este mundo del capitalismo salvaje que el único motor que mueve al modesto inventor puneño ha sido el amor ("All you need is love", cantaba Lennon). No le interesa ni la fama ni el dinero ni la ciudadanía que le regalan todos los países del primer mundo. Ahí a grandes rasgos El fantasmocopio.

En la novela en ciernes, Freyre hace una defensa a los nerds-tercermundistas-provincianos-andinos-misios. Me explico: a Teófilo no lo quería ni su madre cuando lo alumbra con el número diez de su descendencia en un pueblo altiplánico.

Cuando Teófilo cumple los 12 años, y su capacidad consagrada para curiosear los mecanismos de cada objeto le trae problemas con sus paisanos, la madre decide enviarlo con su hermano Clemente, que se desempeñaba como “el primer jardinero” de una familia muy importante de Lima. Teófilo se pierde fácilmente en el archipiélago de la servidumbre que tenía la mansión: “Los señores Robinson eran unos dioses perfumados y blancos, y sus hijos dorados eran el vivo reflejo de ellos” (Pág. 31).

El protagonista es negado de afecto desde el vientre materno, pero su ternura y su capacidad para reparar juguetes y hacerlos caminar, hablar, etcétera, le ganará la simpatía de la niña Gianina Robinson, con salud frágil. Luego logrará una admiradora impensable.

Freyre avanza con su narración, dando detalles sobre los orígenes de sus personajes, mientras Teófilo se mantiene ajeno al gran significado de su invento para los terrícolas; continúa dándole vueltas a las tuercas de su inventiva. Es un creador que, desde los extramuros del tercer mundo, ha cambiado el sentido de la vida y la muerte.

El narrador saca la vuelta a los espacios tradicionales donde se hace ciencia. Tampoco es ciencia pura, sino ciencia-magia, digamos, eh ahí su carga de narrativa fantástica, para regocijo de Daniel Salvo, Elton Honores, Giancarlo Stagnaro, José Donayre y otros. Más Freyre saca la vuelta a los cánones y antepone lo sentimental en cada objeto intervenido, tal vez sitiéndose menos solo en ese universo de creaciones anticristianas pero dulces. 

Y claro, el mundo patas arriba será mejor siempre con humor. En El fantasmocopio vemos también desfilar las taras de nuestra sociedad tomando como centro neurálgico un pueblo joven en “aquel distrito descomunal surgido de la nada” (Pág. 13).

La coprotagonista es una periodista, lo que sirve al autor para mofarse de la producción y el lenguaje periodístico, amén de sus "investigaciones". Se dan detalles sobre Teófilo y "Cristo Moreno", el otro personaje clave en esta novela. El desaparecido Genaro Delgado Parker parece ser inspiración del broadcaster del canal donde Marité trabaja, y más de un productor con picores en el calzoncillo, encaja en los arquetipos del productor televisivo. 

Freyre pudo haber terminado El fantasmocopio en un despelote global, caótico, como el viento ciclónico que se levanta Macondo en Cien años de soledad, pero prefiere dejar al lector en un territorio seguro.

Puede ser su última broma; una broma infinita de la humanidad.

Es, sin duda, una de las mejores cortas escritas en lo que va del siglo XXI en el Perú.

Léala.

mamutquelevita.com


Puntuación:
4.5 de 5

Ficha técnica:
Freyre, Carlos Enrique. El fantasmocopio (Lima, Editorial Planeta Perú, 2018). Páginas: 129.




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  @vadillovila