jueves, 26 de marzo de 2020

Se llama Jorge

Con la historia de “Jorge”, el periodista Ricardo León elabora un retrato de la vida de los “combatientes” senderistas, que operan entre el monte y las alturas del Vraem. Tan lejos y tan cerca del Perú oficial. 



1.
Nos dijeron que la guerra contra Sendero Luminoso había terminado el 12 de setiembre de 1992, cuando atraparon a ese hombre cuyo nombre era sinónimo de ríos de sangre, destrucción masiva.

Nos dijeron, pero no era verdad.

Abimael Guzmán Reinoso se autodefinía como el ideólogo de una guerra de guerrillas que buscaba tomar el poder por las armas y, en el camino, dejó una estela escarlata de 69,280 muertes, de acuerdo a los cálculos realizados por la Comisión de Verdad y Reconciliación Nacional (CVR), que toma en consideración todos aquellos cuerpos anónimos, sin documento de identidad; cadáveres regados aún hoy en los montes y cerros sin dioses.

Y ahí, vestido como los presos de las películas, tras unos barrotes, un barbudo y avejentado líder terrorista parecía un canario parlanchín y fantoche que arengaba con un discurso ya entonces agonizante.

El presidente de aquel entonces, quien hoy también cumple condena, junto a sus geishas, sus congresistas y sus medios de comunicación comprados, anunciaba rimbombante que la guerra había terminado. Su popularidad subía como espuma.

Pero no era verdad.

Nada en él era verdad.

Él lo sabía y su entorno de oficiales, de agentes de inteligencia, lo sabían a cabalidad: la guerra contra la subversión no había terminado entonces ni en el año 2000, año cuando tentó la rereelección presidencial; también calendario de corte imaginario para los trabajos de investigación a posteriori de la CVR.

Sólo se había dejado al monstruo lamer sus heridas y rearmarse lejos de los ojos de las mayorías.

La guerra, con otra velocidad, con otros líderes e intereses, continuó y continúa en lugares que hoy se conocen como el Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro.

Vraem, una sigla que en realidad habla de la presencia senderista en cuatro regiones: Ayacucho, Cusco, Huancavelica y Junín, donde la lucha continúa.

La facción de Sendero que sobrevive está a cargo de los hermanos Quispe Palomino. Cada cierto tiempo hacen noticia: matan algún soldado, algún policía o secuestran trabajadores, digamos, en Camisea, Cusco.

Como han marcado sus distancias con Guzmán Reinoso, ellos han refundado su lucha, ya sin ideología, con un discurso fotocopiado, de paporretar, de su antecesor. Lo que no ha variado es su violencia. Hoy se hacen llamar Militarizado Partido Comunista del Perú (MPCP).

2. 
Los Quispe Palomino prefieren que no se hable de ellos, mientras en los territorios donde están presentes tejen sus alianzas con el narcotráfico y sirven, sobre todo, para el paso de la droga, de la selva a la costa, aprovechándose de la falta de oportunidades que viven cientos, tal vez miles de jóvenes.

Sí, el senderismo del XXI bracea solo porque es guachimán de los narcos.

El periodista Ricardo León presenta en Alias Jorge, un acercamiento a ese universo casi desconocido de vida a salto de mata. De matanzas. De secuestros de poblaciones y autoridades. De jefes verdugos.

León retrata a “Jorge”, Víctor Raúl Quispe Zaga, hijo del temible “José”, Víctor Quispe Palomino (a lo largo de los años otros alias, “Carlos”, “Martín”). “José” y su hermano “Raúl” operan desde fines de los noventa en la zona del Vraem. 

A gritos, la vida de “Jorge” solicitaba alguien que la narre. Se trata de un hombre del cual solo se calcula su edad y se le tuvo que inventar una fecha de nacimiento (28 de julio de 1984) para el DNI, porque no tiene partida de nacimiento.

Una daga es el sino de su vida: no sabe si “José”, su propio padre, mandó a matar a su madre, como le dijeron algunas voces. Tampoco hoy conoce el destino de los dos hijos que tuvo, allá en el monte, con Basilia, su compañera (quien luego será obligada por “Raúl” a ser su mujer, para sobrevivir, deshonrada, como viven las mujeres senderistas de la tropa, cautivas, esclavizadas).

“Jorge” tenía alrededor de cinco años y vivía casi como un animal silvestre en la casa de su tío abuelo, en un asentamiento humano de la ciudad de Ica, cuando una mujer desconocida abrió la puerta de esa covacha y le preguntó si quería conocer a su padre. Él aceptó, y se lo llevaron en una avioneta a la selva, llegó a Puerto Ocopa, en la selva de Junín. No lo sabía, ahí empezaría su historia no como hijo, sino senderista; una vida miserable de desplazamiento constante en el monte, de vivir en campamentos armados a la intemperie, sobreviviendo comiendo lo que sea; aprendiendo a asesinar a policías, soldados, inclusive a sus propios compañeros para mantener ese orden del cual, un buen día, el 28 de diciembre del 2007, decidió en las alturas de Castrovirreyna (Huancavelica), dejar esta vida atrás.

Desertar.

Tratar de que su vida se vuelva como la del resto de los peruanos.

3.
León retrata la vida miserable del senderista del XXI, uno que vive entre el monte y las zonas altoandinas del Vraem. La ideología aquí es solo un mensaje de paporreta que los niños aprenden en los campamentos senderistas, obligados, sin otra opción ni derechos en la vida. Luego, indefectiblemente, serán carne de cañón; salvo que sean muy débiles y mueran de una bala en la nuca por sus propios compañeros.

Aquí no hay nada de romántico. Es una vida miserable la de los “combatientes” y bajo una mirada vertical, sin derechos siquiera a atención de salud o el derecho a ser enterrados. Los que gozan de las comodidades y el libertinaje son los jefes, como “José” o “Raúl” Quispe Palomino: pueden acostarse con todas las mujeres de su entorno y tener hijos con quien sea. En ese lenguaje tan antojadizo del supuesto marxismo-leninismo cavernario, todo es disposición de ese imaginario partido.

Ricardo León avanza en su narración cuidando de brindar información al lector sobre el contexto; corroborando los datos de “Jorge”, con información sobre asesinatos en las zonas por donde se desplazó, desde 1989 hasta 2007, cuando decide desertar.

Presenta también los errores de las decisiones políticas de los distintos gobiernos frente al narcoterrorismo del Vraem; los traspiés y aciertos de militares y policías; sus/nuestros héroes caídos y que casi –ingratamente- nadie recuerda; sus helicópteros emboscados, y el armamento atrapado. Una guerra que se da cada día, tan cerca y tan lejos del Perú oficial.

Y la vida de “Jorge” es el retrato de centenares de niños y adolescentes que nacieron en cautiverio o fueron secuestrados de poblaciones de colonos o asháninkas.

La vida posterior, la del desertor, es también una vida ensombrecida, a salto de mata, hasta que en el 2010 inicia sus colaboraciones con sus antiguos enemigos, los policías, para atrapar a sus antiguos compañeros. Quizá también buscando aquella paz que su padre le negó al obligarlo a vivir como un combatiente miserable. 

Me parece muy útil que, cada cierto número de páginas, León realice un resumen, para que el lector no se pierda en ese mundo de alias que van mutando, de contextos en la madreselva. Aquí, el dato duro brilla.

Quizá “Jorge” logre la paz el día que se entere de la muerte de su padre.

O quizá, cuando él mismo lo ejecute.

FICHA:
Ricardo León. Alias Jorge. La vida ajena y prohibida de un terrorista desertor. Lima, Planeta, 2019. Pp. 2019.

sábado, 21 de marzo de 2020

Gelber o la antítesis del músico académico

Leila Guerriero presenta un perfil de uno de los pianistas clásicos más famosos del siglo XX, el argentino Bruno Gelber. La música, aquí, queda en segundo plano. Y la periodista hace un estriptís de su técnica narrativa. 



I
Bruno Gelber (Buenos Aires, 1941) es uno de los pianistas de música académica más respetables de la Argentina y el mundo. En casi medio siglo de carrera ha ofrecido cinco mil conciertos en 54 países, dentro del circuito más refinado de “lo clásico”, frente a los oídos más exigentes.

“Lo mío es una cosa íntima con ese señor con el cual me casé a los cinco años, de cola larga y dientes negros y blancos que me sonríe todos los días. No tengo que hacer el común desagradable de los seres normales.” (Opus Gelber, Pág. 79)


Es de esos músicos que, desde los 19 años de edad (cuando se fue a Europa, y al año siguiente, 1961, ganó el prestigioso concurso francés Long-Thibaud), frecuentó y vivió con “príncipes, duquesas y condes”, en “palacios y castillos” del Viejo Mundo; que se hospedó en los hoteles más caros. Esa forma de hacer carrera musical es casi un eco de los músicos cortesanos.

Ha vivido por décadas en París y Mónaco. Y decidió volver en el 2013 a la ciudad donde todo empezó (ofreció su primer concierto en el famoso teatro Colón a los 14 años de edad). No vive en un barrio de la alta sociedad, como correspondería a la naturaleza de su círculo amical, sino a uno de clase media, el del Once, céntrico, a una veintena de cuadras del famoso Obelisco, punto turístico bonaerense (hablando en términos del mundo precoronavirus).

Sus cualidades musicales son las de un genio. Uno que se rebela contra su propia leyenda cuando lo desea.

La revista francesa Diapason lo incluyó entre los cien grandes pianistas del siglo XX; ha tocado con los mejores directores y orquestas sinfónicas del mundo; su grabación (1965) del concierto número 1 opus 15 de Brahms es la mejor interpretación realizada de dicha obra; su versión de la sonata Claro de Luna fue elegida por los críticos, en Radio France Internacional, como la mejor. O que su interpretación del concierto número 3 de Rachmáninov es de las mejores. Pero Gelber no gusta de hablar de todo aquello. Es casi una antítesis de lo que son los músicos académicos y su discurso.

Es singular, porque el hombre que sabe disponer una mesa como un diplomático y es uno de los artistas más respetados en su instrumento, no le gusta hablar de música. Y minimiza la poliomelitis que le acompaña desde los siete años de edad (dos años después de iniciar su romance con el piano). Para él es casi una anécdota aunque es un calvario, el de la “pierna enferma”, como lo llama. Y las tantas operaciones que ha soportado estoico.

Prefiere los budines y las tartas a hablar de sus réditos musicales, que no son pocos y por qué solo grabó, desde la década de 1960, 15 discos. Una nadería de producción musical comparada con la de otros pianistas de su talla. Tal vez se deba a la filosofía del artista: “El momento del concierto es sagrado” (Pág. 243). Que es más un músico de escena que uno de grabaciones. Cada uno de fibras distintas. 

Esa actitud la sintetiza Leila Guerriero así en su libro Opus Gelber: “Un pez no se jacta de poder respirar en las profundidades. De la misma forma no se jacta él”. (Pág. 65).

A Gelber le encanta tomar la bebida gaseosa dulzona “Fresita” (popular en su país) o muere por los chismes de la farándula. Le hiere la vulgaridad y está preocupado por la belleza estilística de sus amistades (pudo ser un buen cirujano estético, aceptará). Pero le encanta hacer un Juego de Preguntas a sus invitados, donde las preguntas íntimas son las cerezas del pastel que goza.

A la vez es un riguroso maestro, tal como lo fueron con él el célebre maestro italiano en Buenos Aires, Vicente Scaramuzza (su maestro durante 13 años), y su propia madre, Ana Tosi.

Es singular: si uno ve en los videos tiene desde siempre los ojos delineados, maquillaje. Si fuera una estrella del rock, sería un Elton John, pero él se mueve en otro circuito.

“No es Lang Lang, el pianista chino que busca interpelar a otros públicos o hace demasiada demagogia. Es un pianista para pianistas.” (Pág. 66)

II
“–Alóoo.”

La lectura del largo perfil Opus Gelber, avanza junto a las entrevistas, comidas y reuniones de la autora con el personaje central y su entorno, desde abril del 2017 a enero del 2018. A veces el ritmo se acelera (andante), pero la mayor parte de la lectura el libro avanza a su tiempo. Es un libro en adagio.

El lector es casi un asistente que lleva la grabadora y el cuaderno de apuntes de la escritora a lo largo de las 333 páginas (¿número cabalístico?).

Leila Guerriero avanza y dosifica la información, para ir deshojando al personaje para aquel público diverso que desconocemos de los círculos de música académica. Los respiros del libro van marcados por la barra espaciadora, los espacios más largos entre párrafos anuncian otra idea, que entramos a otro momento.

Hay un uso de los adjetivos precisos, no son rebuscados, sino fulgurantes donde deben de serlo y después, dejando paso a las acciones. Las reflexiones de la narradora son puntuales, para redondear alguna frase o atmósfera.

Opus Gelber es, sobre todo, una clase en práctica de cómo un periodista se va ganando (¿el derecho?) de entrar en el mundo privado de un artista de la talla, encanto y enigma como Gelber.

Es difícil mantener la atención sobre un personaje así, pero, a la vez, uno siente ese deber ser. Un lector se obnubila. Guerriero irá saliendo o destejiendo los lugares comunes que el pianista –¿o acaso no son así todos los personajes que durante décadas han hecho una misma actividad?

La construcción literaria que realiza Guerriero desnuda eso que los escritores poco hablan: del sentirse agotados, de transitar por un camino escritural que no avanza, que está petardeado mientras el personaje goza desde la platea y la invita a continuar. Y lo hace una cronista de la talla de la Guerriero, admirada en toda Hispanoamérica.

Sucederá primero en la página 83. Escribe Leila: “Varias veces me preguntará: «¿Qué pensás de mí ahora que me conocés?» Una, de tantas, le diré: «Que solo vos sabés quién sos». Lo cual es una declaración de fracaso.”

No será el único momento que se sienta que la construcción de este personaje está enfangada, que Gelber es demasiado astuto para saber hasta dónde dejarla avanzar o hacer declaraciones laterales. De lejos, construir un perfil de una estrella del rock como Charly (García) le hubiera resultado más fácil. Ella optó por el músico difícil.

Entre las páginas 170 a 230 uno siente que hay muchas cosas que se repiten, que todos estamos en la “telaraña” de Gelber. Les confieso que hay la tentación de dejar la lectura. Pero está el espín. El placer culposo.

¿Y qué es lo que busca Leila? ¿La declaración de la homosexualidad del personaje, tras sus formas de señora? Lo logra, pero igual, el músico rebelarlo de a pocos, y a la vez dejándolo de lado, como todo lo que la gente cree importante de él.

En las primeras ochenta página, Leila Guerriero ya dejó claro todas las credenciales musicales. ¿Entonces, por qué 333? El libro no es homogéneo, pero, repito, al final está la brochada, el gesto de genialidad, el porqué del despliegue escénico que se quiere correr el vivace, pero por una fuerza sobreescritural solo va en adagio. Inclusive larghissimo:

La escritora nos ha llevado por el personaje para juntos, en un ejercicio periodístico del gato y el ratón, enseñarnos que el camino de la construcción del personaje es, en casos como éste, una construcción en adagio, de muchos meses.

Cuando es enero del 2018, uno siente el alivio de la escritora; que juntos, autora y lector hemos avanzando hasta donde nos dejó Gelber. Que luego, solo existen redundancias y telarañas de un hombre fuerte, un genio, que convive con la polio y viene de una época donde la homosexualidad se vive a puertas cerradas. Sin fisgones. Sin bullicios.

Aquí solo tiene derecho a escucharse la música.

“¡Maravilla!”.

FICHA:
Leila Guerriero. Opus Gelber. Retrato de un pianista. Barcelona, Anagrama, 2019. Pp. 333.

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