sábado, 28 de diciembre de 2019

Los niños que nunca volvieron a celebrar (felices) la Navidad

La periodista Teresina Muñoz-Nájar devela en ¿A quién le importa? casos recientes de violencia sexual contra menores de edad en Lima y Amazonas, investigados por una comisión de vida efímera del Congreso.






¿Cuántos informes finales de las comisiones del disuelto Congreso de la República quedaron encarpetados y valían la pena ser discutidos en el pleno del Congreso?

La periodista Teresina Muñoz-Nájar integró el equipo técnico de la Comisión Investigadora de Abusos Sexuales Contra Menores de Edad en Organizaciones. Solo tuvo 36 sesiones, entre el 2018 y 2019. Y pareció que el único congresista convencido de su importancia era el presidente de la comisión, Alberto de Belaunde. 

Lo normal en estos casos es que un profesional cobre su dinero y se olvide del asunto. Pero los temas eran tan duros, sórdidos, hablaban de violencia contra menores de edad, que Muñoz-Nájar quiso que lo investigado no se quede como alimento de polillas, o a la espera de que la Mesa Directiva del futuro Congreso 2020-2021, lo tome en cuenta, entre las tantas “prioridades” que tienen sus gestiones, sino que, mediante el objeto llamado libro, llegue a otros auditorios.

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Dividido en cuatro tres capítulos, ¿A quién le importa? es un resumen de las 1,500 páginas del informe final y sus 260 recomendaciones a instituciones públicas. 

En el libro, las estadísticas tienen nombre y apellido. Son menores de edad violentados. Lo que el tecnicismo del Estado y las oenegés reduce a NNA (niños, niñas y adolescentes). 

No se asuste, no está escrito con el frío lenguaje de esos legajos parlamentarios, que son una retahíla de nombres, fechas y fojas, y que al final no se sabe para qué demonios sirven. El mérito de Teresina Muñoz-Nájar es presenta un texto humano; narrando desde la primera persona, tanto lo que dicen los testimonios, la forma cómo se realizaban las investigaciones en esos apretados meses de vigencia de la comisión (como no era nada prioritario para los congresistas, tendrían vida pequeña). 

Y si se basta de la contundencia de una única palabra para dar título a cada capítulo -“Abuso”, “Estigma”, “Invisibles”- es que no se puede decir más frente a lo descrito.

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Aclaremos: los delito sexual tienen distintos nombres y no necesariamente implican penetración. Existen otras formas, como las “conductas sexuales dañinas” y los tocamientos, por ejemplo. 

Que lo diga sino Juan Borea Odría, exdirector del colegio Héctor de Cárdenas, de Jesús María, quien, según los testimonios de sus exalumnos, gustaba de frotarse los genitales con los pies de los escolares. 

Siempre varones. Los monstruos aprovechan la vulnerabilidad de sus víctimas. Tienen un olfato para detectarlas, para ganarse al resto de la sociedad para que duden de la víctima porque él, el victimario, aparenta ser probo. 

Fue una práctica que Borea Odría repitió durante más de veinte años en ese colegio donde era la máxima autoridad. A los tocamientos, él se refería con el eufenismo de “cosquillas”. 

Quien lo denunció primero fue Rafael Salgado Olivera. Es imborrable lo que vivió: era un niño de 10 años de edad, con muchas carencias, cuyo padre militante del MRTA fue asesinado. Era una víctima perfecta para el educador en quien realizaría esta práctica por años: sobarse los genitales del menor y terminar con los pantalones mojados. Todo ello lo denunció primero por la red social Facebook. Otros exestudiantes no solo dieron like al post de Rafael, sino que hicieron público que ellos también fueron víctimas de Borea. Era algo que llevaban guardado en sus corazones por años.

“Abuso”. 

A ojos del lector, un papel triste juegan algunos miembros de la iglesia Católica. Borea es una persona ligada a las altas esferas de esta institución religiosa y ponderado educador. Cuando en el 2017 las denuncias sumaron 15 (muchos otros prefirieron no hacerlo), devolvió las Palmas Magisteriales que el Ministerio de Educación y tras el escándalo lo retiraron o se retiró a trabajar en forma voluntaria a Puno, pero volvió en el 2000 a una institución siamesa del Héctor de Cárdenas. Pero los abusadores no cambian, comprendemos tras leer el libro de Teresina. Borea se defendió con esos abogados hábiles para la leguyada.  

Los chicos de los que abusó con sus tocamientos, ahora son hombres, pero con traumas los acompañarán toda la vida. ¿Acaso no lo sabía él como gran educador que es de las huellas imborrables de los primeros años para un hombre?

Y la sociedad sigue dudando de ellos; entre ellos algunos excongresistas que dieron pocos recursos y tiempo a la comisión (el tiempo de investigación de ésta fue solo hasta el 17 de junio de este año) o trataron de menoscabar su trabajo, timoratos sobre todo por el cargamontón que se podía dar contra la iglesia Católica con los resultados.

Tranquilos, el informe que Teresina nos narra en menos de 150 páginas, habla de vidas frustradas. Nada menos, nada más.  

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El tecnicismo que los abogados de los abusadores buscan para amenguar los hechos, es buscar la “complicidad” de los menores, si son niños y más si son adolescentes. 

El pianista clásico James Rhodes, responde sin rodeos: “La vergüenza es el motivo por el que no se lo contamos a nadie”. Simple. Lo sabe Rhodes quien también fue violado de niño. Lo que le salvó fue el mundo de la creación artística, pero no todas las víctimas tienen esa tabla de salvataje. 

Creo que otra fortaleza del texto de Muñoz-Nájar, además de narrar las investigaciones y la forma cómo se investigó, es la contundencia de las citas que adjunta tanto de especialistas en el tema y otros, como el de Rhodes.  

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“Estigma”. Otro monstruo con nombre propio es el “jefe de manada” de los boy scouts, un salvaje llamado Jean Carlo Castro Bazán, quien durante tres años violó, entre 2012 y 2015, violó 100 veces a un niño. El menor J.J. tenía solo 7 años cuando empezó su martirio, y cumplió 11 cuando su madre se enteró y denunció el hecho. 

Castro Bazán ya tenía antecedentes penales, había violado a otro menor, de 16 años, pero la Asociación de Scouts del Perú lo desconocía y le dejó la puerta abierta. Después de darse a conocer el caso, lo más patético es que esta asociación estaba más interesada en eximirse de la reparación civil como “terceros civilmente obligados” en el caso. Fue tras un informe periodístico, que los scouts se comprometieron a pagar reparación civil este año. 

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Si bien sujetos como Vásquez Bazán cumplen cadena perpetua, son los menos. A la mayoría de los niños el silencio los persigue, no hablan o no les hacen caso. A ello se suma la indiferencia de las instituciones. 

Pero la situación más difícil y desprotegida es la de los niños y adolescentes violentados sexualmente en las zonas rurales. Son los invisibilizados de los invisibilizados.

La autora presenta un resumen de los doscientas casos de niñas y adolescentes de las comunidades awajún y wampis de la provincia de Condorcanqui (Amazonas), en la frontera con el Ecuador, que habían sido abusadas los últimos siete años por sus profesores.

Están atadas de manos y deben de seguir conviviendo en sus comunidades con sus impunes violadores, por el alto costo y desplazamiento que significarían hacer las denuncias (hablamos de pueblos alejados que solo se trasladan en bote para comunicarse con la capital de la provincia). 

Eso lo saben sus “profesores”: sus víctimas no tienen dinero; y si los denuncian, bastará pagar a un funcionario de la UGEL para que los cambie de comunidad y listo. 

Sí, un actor permanente es la corrupción de las autoridades del sector Educación. El buen punto es que masificó la educación en la Amazonía, y significó la felicidad para los perpetradores. 

Porque solo en la región Amazonas hay 24 escuelas secundarias que cuenta con residencias estudiantiles, donde viven los menores de comunidades más alejadas: solo tienen comidas del Qali Warma entre semana y viven mayormente solos, expuestos a ser violentados el resto del tiempo.

Los embarazos adolescentes también hablan de estos casos. También los casos de VIH-Sida en adolescentes. “La prevalencia del VIH en Condorcanqui es diez veces mayor al promedio nacional” (Pág. 121). 

Entonces, sin Estado a la vista, la única salida para estas víctimas, como recuerda Muñoz-Nájar, es la justicia comunal, con todas sus carencias. 

El otro camino es el suicidio. El suicidio adolescente de las niñas y adolescentes de las comunidades es otra realidad invisible desde la ciudad. Y se vuelve común.

¿Este informe final estará en la agenda de la siguiente Mesa Directiva del Congreso? ¿Le darán la importancia que se merece para establecer políticas públicas y obligar a las instituciones a hacer eco de las recomendaciones?  

El litro de Teresina es duro. 

Desgarrador. 

Llena de coraje al lector. 

Es un buen regalo para estas fiestas de fin de año y abrir la mente. 

mamutquelevita.com


Puntaje: 
4 de 5 

Ficha: 
Muñoz-Nájar, Teresina. ¿A quién le importa? Tres casos de violencia sexual contra menores de edad. Lima, Aguilar, 2019. Pp. 131. 

viernes, 20 de diciembre de 2019

De Matacandelas al palacio de los Caimanes: las bisagras oxidadas de la Patria


Luis Fernando Cueto revisa, en clave de saga familiar, más de 160 años de vida republicana en Balada para los arcángeles, una de las mejores novelas del año. 






«Los grandes cimientos de la patria están hechos de soberanas mentiras.» (Pág. 92). Balada para los arcángeles es una alegoría a la patria. A una patria sudaca. A cualquier patria sudaca. Sobre todo, a la de este Mamut Que Levita.


Sobre el autor
Balada para los arcángeles (2019) es la novela más madura y poética de Luis Fernando Cueto, un escritor que ha demostrado gran pericia narrativa.

Su calidad la avala en el Premio Copé de Oro 2011, por Ese camino existe, ambientada en el Ayacucho de los años de conflicto armado interno. Sin embargo, la carrera literaria de este autor chimbotano empezó en 1997, con la publicación del poemario, Labra palabra.

La historia
La materia de este comentario, Balada para los arcángeles, se inicia en las luchas mismas por la independencia del Perú y culminará, 160 años después, con una alegoría al gobierno revolucionario de las Fuerzas Armadas, sus reformas, comandados por un personaje que en esta ficción se llama “Chino Cholo”.

El hilo narrativo: Evangelina del Bosque, hija del terrateniente don Juan Antonio del Bosque, queda embarazada de Arcángel de Dios Días, un militar grancolombiano que llega con el ejército del Libertador. Los aires de Independencia pasan como una bola de fuego por los pueblos, entre ellos Matacandelas, y arrasan con todo.

Ahí, en el solaz. rumbo a la gloria, se dedican al pillaje, a dar rienda suelta a los deseos más carnales, sin ideales, con sudores.

El fruto de esta pasión casual se llama Juan de Dios Días, que, por esos designios de la vida, preferirá alejarse de la casa del abuelo del Bosque, donde cuenta con todas las comodidades y abraza la carrera militar, espoleando a su caballo Nictálope. Repitiendo, de alguna manera, la historia del padre que no conoció. 

¿Padres de la Patria?, ¿quién dijo?
Ese país de Balada para los arcángeles vive en un interminable capítulo de guerras internas, fratricidas. Cueto reinventa a los héroes ilustres del primer militarismo, les pone otros nombres; desnuda como cachacos hambrientos de poder y gloria (y el narrador sabe de lo que habla no solo por la historia, Cueto trabajó unos años como policía).

Esta lista de caudillos del XIX, aparecen a lo largo de las 349 páginas del libro bajo nombres que nos cuentan sus estereotipos: el general Redentor, el general Bienamado, el general Iluminado «y tantos otros que no hacía más que desangrar al país y provocar un caos total, al extremo que la población ya no sabía bien contra quién peleaba ni por qué motivo.» (Pág. 51).

Son lastres egoístas que no necesitan de ninguna sombra. Por ello, al capítulo de la Guerra con Chile (1879-1883), Cueto le dedica pocas páginas, a diferencia de otras novelas peruanas cuya mirada sobre el siglo XIX siempre está ligada a este capítulo aciago. La única meta de ellos es generar guerras civiles, derrocar y convertirse en los próximos inquilinos del palacio de los Caimanes, bella metáfora del palacio de Gobierno: un espacio poder habitado por carnívoros emidosaurios.

El mayor Juan de Dios Días se da cuenta cuando en los jóvenes oficiales -potenciales caimanes- parpadea el caudillismo. Y eso lo amorra. Lo contrario sucede con la soldadesca: se sabe carne de cañón: «para ellos, las palabras “patria”, “libertad”, “justicia”, no significaban otra cosa que una muerte segura y el más completo olvido.» (97) «Maldita guerra, maldita patria que nos convierte a todos en gallinazos.» (98). Por eso el comandante Juan de Dios, prefiere darse a la baja, sabe que al ascender al grado de general continuará alimentando la historia de caudillaje. Prefiere volver a su tierra y comprarse unas tierras para trabajarla con sus manos.

Lo que le interesa a Cueto es otear el conjunto de los sueños y desvaríos del país a través del universo que plantea desde la norteña localidad de Matacandelas y la carrera militar con los del Bosque, sus allegados y descendientes. Cueto narra los vericuetos e infortunios interiores de los protagonistas; nos recuerda que los males de esta singular republiqueta la forjaron caudillos idénticos a los del XXI, aunque parezcan más truhanes y viles, solo les faltó la tecnología, digo.

Tierra sin (buenos) hombres
Porque no existe figura militar histórica que salga bien parada en Balada para los arcángeles. Desde el general Bienamado, figura inspirada en Ramón Castilla. La versión de Cueto está alejada del hombre ilustre de los libros de Historia.

El de la ficción -esperamos sin muchas expectativas que solo sea el de la ficción- es un caudillo militar que busca el poder mediante triquiñuelas y muere en el desierto sureño (como quien lo inspira).

Otro insigne miembro del Ejército Peruano que inspira la imaginación de Luis Fernando Cueto es Andrés Avelino Cáceres. Aparece como el general Brujo Blanco.

Una saga familiar
Hay elementos que irremediablemente llevan al lector a pensar o comparar con otra saga familiar latinoamericana llena de militares: Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, protagonizada por la familia Buendía. Y el Macondo particular de Cueto lo conforman Matacandelas y la hacienda Tumbatoro.

Ambas novelas comparten un lenguaje poético exquisito. Sí, Cueto ha sido muy cuidadoso en las palabras y en el ritmo de la novela. Los nombres per sé, son musicales; y muchas frases tienen brillo propio. Los adjetivos abundan cuando debe de dar y se retiran cuando se desarrollan las acciones. 

Este uso del lenguaje, permite al autor llevar de la mano al lector por este universo de locura y guerras. Balada… contiene una saga familiar singular, donde el apellido paterno queda relegado al segundo plano. Casi no importa. 

Clarividencia femenina
Aquí, como sucede en tanto en la Latinoamérica de carne y hueso como en la del realismo-mágico, las mujeres son las grandes protagonistas de la historia.

Recordemos que, si el realismo-mágico se hizo tan popular desde la década del sesenta y logró captar nuevos lectores en América Latina, se debe a que describía un universo cercano a millones que habían crecido en pequeños pueblos, donde era cotidiana la presencia de lo mágico religioso, el militarismo y el verdadero rol de las mujeres. 

Ellas -Evangelina, Sol Celeste, Auristela- tienen el arma de la cordura y el don de la clarividencia. Surge como sueños repetitivos que atormentan a esas mujeres de la casta del Bosque. Empero, se trata de una clarividencia obscura: Ellas ven las pesadillas que se desatarán en sus alrededores y tendrán siempre a personajes varones de su propia familia como protagonistas de estas apocalipsis que impregnan al país de bermejo. «La felicidad es huidiza, a las justas se deja tocar con la yema de los dedos, y enseguida desaparece.» 

Asumen con pesadez el sino del destino que les tocó. Como resume Evangelina: «-Eso quiere decir que estoy jodida… Si Dios me ha vuelto clarividente para los demás, y ciega para los míos, quiere decir que me va a hacer sufrir más que a nadie…» (58).

Ellas, las propietarias de la razón, la justicia y la clarividencia, son quienes tejen la trama. Son ellas las que construyen la hacienda Tumbatoro. Luis Fernando Cueto utiliza los saltos en el tiempo para contar Balada...; otorga a los hombres un rol auxiliar en esta saga, y ellos no lo saben. Tal vez, de ellos, solo importe conocer ciertos rasgos.

¿Ejemplos? El soñador Samuel Kuertborn, «un tipo que andaba por las nubes»; que llega desde los confines del mundo en busca del tesoro escondido de los judíos, supuestamente enterrado en Matacandelas. El forastero tomará como mujer a María, hija de Patrocinio Urpiñahui. Ambos se dedicarán a la búsqueda del famoso tesoro, caminando por los médanos en una carreta. María dará a luz a Jesús Cuervo, un mozuelo con “cara de gato”. Madre e hijo vivirán de la carroña de la guerra, siguiendo al ejército a una distancia y hurgando entre los muertos de las guerras, para luego vender «los desperdicios que recogen en los campos de batalla». (89).

Como Silvestre Gavilán y Aguedita Chunga. O “la Gran Terezinha, la mujer goma”, quien llega en el circo trashumante. Una mujer libre que será madre de Sol Celeste Días. O la profesora Azucena, madre de Auristela Días.

Frente a ellas, existe conjunto de personajes que podemos llamarlos los advenedizos al poder, como el caso de Willy Scott, coetáneo de Juan de Dios Días. O Miguel, el ahijado de Evangelina.

Una curiosidad de Balada para arcángeles es que la belleza siempre está asociada a la tez clara y los ojos azules de los personajes. El resto son indios. Algo también, muy del XX, muy latinoamericano.

PUNTAJE:
4 de 5

FICHA TÉCNICA:
Cueto, Luis Fernando. Balada para los arcángeles. Lima, Peisa, 2019. Pp. 349. 

jueves, 12 de diciembre de 2019

Un paseo enchalinado por el infierno con Mr. Ortiz




(*) Advertencia (un “yaraví”):

Este Mamut Que Levita no ve los programas que conduce en la tele. Invierte mejor su tiempo (¡gracias, Netflix!), además es un afortunado ciudadano peruviano (triste realidad) que posee una biblioteca personal. Tampoco está de acuerdo con muchas de sus opiniones. Menos le interesa su vida privada o la de sus perritos. 

Ojo, para este mamífero proboscídeo los supuestos abusos cometidos a menores de edad en situación de abandono por Beto Ortiz son lo más detestable que un ser humano en situación de poder puede comer. En su caso, como se especula, el de un periodista de programa dominical de TV que, a cambio de un cuarto de  “pollo a la brasa”, logró esos favores. La sociedad, ahora con su virtualidad extrema, se encargará, hasta el fin de los tiempos, de hacérselo recordar. No es la tarea de este portal.

Habiendo aclarado este punto, este mamut pasará revista a De dudosa procedencia, la más reciente selección de textos del periodista y (documentalista en debut) Beto Ortiz. 

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Primera reflexión: Debe de tener algo de calidad este periodista bautizado como Beto Ortiz. De lo contrario, ya le hubieran enviado a la papelera reciclaje hace varios lustros y no tendrían espacios en la prensa escrita, valga la redundancia: 

Se han sucedido cuatro directores por el diario que distribuye sus textos, y Ortiz continúa menoscabo. Incluso es el único columnista (columnista-cronista, mejor) que hace el traslape: sus textos crecen hasta dos páginas cuando la materia de lo narrado lo amerita. El resultado son sabrosas crónicas.

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Sin Umbrales en el horizonte y apenas con un Víctor –que brilla desde los extramuros y se apellida Hurtado Oviedo– y un César –con apellido de revista– y un Luis –Jochamowitz–, estoy seguro que Beto Ortiz (Lima, 1968) será uno de los pocos columnistas limeños que sobrevivirán en nuestra prensa, tan mojigata, tan ágrafa. 

Aquí, en estas tristes tierras del indómito inca, lo que sobra son los grandes opinólogos que escriben con las patas traseras. Cero estilo, estiletes de cuchillas oxidadas. Para esta llanura, para esta media escribal nacional, lanzar sandeces en un post en su “feis” es igual lo mismo que escribir una columna de opinión. 

Beto (todos lo tutean y me lo permito, también) tiene la ventaja del buen humorista; es decir, empieza burlándose de sí mismo y el título de su libro así parece confirmarlo: De dudosa procedencia.  

Ortiz se convierte en el principal sujeto-objeto de su escritura. Practica el frontón narrativo, haciendo del “yoísmo” un ejercicio divertido. Se encarga de echar más leña al fuego sobre su atezada fama, con un epígrafe de Oscar Wilde: “He oído tantas cosas horribles sobre ti que estoy seguro que has de ser una persona maravillosa.” 

Cada uno o dos textos, y aquí “el valor agregado”, Ortiz las intercala con una página personal, donde abona y encara los mitos sobre su homosexualidad. Ortiz parece odiar a medio mundo, desde los que hemos hipotecados las arrugas de la trompa en las aefepés hasta los que, en su momento, le pusieron de sobrenombre en la prensa chicha, por ejemplo, “Chavón”. 

Utiliza el humor negro y maneja con sapiencia de drag queen la adjetivación, la cita canciones. En su forma de contar las vivencias y las taras de la cotidianeidad nacional, saltan las referencias que son mínimo común múltiplo para los peruanos entre los 30 y 50 años de edad. 

Aunque con calle, su narrativa es límpida. Es barroco cuando la historia lo necesita; es un recurso que no lo usa en extremo. 

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Escritura cachacienta en extremeño y sincera redactada bajo triple casaca. 

Pero, ¿cuál es su triunfo narrativo? Ha logrado lo que pocos columnistas hacen hoy, siglo de las redes sociales, de juegos en línea y de la estupidez colectiva: que muchos jóvenes compren los diarios solo para leerlo, que -literalmente- se caguen de risa, vuelvan los ojos a la lectura del diario, a esos textos de no ficción cuando el género narrativo está en permanente desbandada de los periódicos. 

De dudosa… reúne 41 crónicas y textos personalísimos y un buen texto introductorio de Javier Ponce Gambirazio que abre con escalpelo las distintas capas de escritura del autor para mostrar el magma salvaje, de infiernos decorados “con lucecitas de Navidad”. 

Ya lo sabe, Beto Ortiz está de vuelta (en formato libro). Sí, el mórbido Hellboy de la tele es un antipático, pero domina el difícil arte de escribir bien. Y eso, de por sí, se le agradece. Hasta los animales mediáticos también pueden tener un lado positivo.

PUNTAJE: 
3 de 5

FICHA:

Beto Ortiz. De dudosa procedencia (Lima, Planeta, 2019). Pp. 258.

Conozca las joyas de la Biblioteca Nacional del Perú

  @vadillovila