martes, 28 de mayo de 2019

Hemingway en el Perú: aproximaciones a un demonio feliz



Su narrativa, tan potente como el ataque de un avión caza, y su vida, siempre al filo de la navaja y de los catres, han hecho de Ernest Hemingway un personaje de leyenda, apetecible para cualquier narrador. Acaba de aparecer Hemingway desconocido, conjunto de crónicas que aporta sobre 36 días que el escritor norteamericano pescó en Cabo Blanco (Perú), amén de su fantasma y dos de sus amores uno carnal y otro idílico.  

1.
“La muerte es una puta más con la que no quiero acostarme”, respondió el viejo colorado y barbudo llamado Ernest Hemingway, acomodándose la gorrita, al trío de periodistas peruanos que lo esperaban al pie de las escalinatas del avión, cuyas hélices aún daban vueltas. Parecía un Papa Noel veraneando; lo engrandecía su fama de cazador de safaris en el África subsahariana, de sobreviviente de guerras y su alta pluma, entre otros galardones de su vida non sancta y exagerada.

El pájaro de acero se apellidaba Panagra y había levantado las alas en Miami. Aterrizó a las ocho de la mañana del 16 de abril de 1956 en El Pato, la pista de aterrizaje de la Internacional Petroleum Company en Talara, Piura.

Hombre de prensa forjado en las trincheras de las dos guerras mundiales y la Guerra Civil Española, el Premio Nobel de Literatura 1954 dedicó varios minutos para dialogar con sus “colegas” peruanos y luego los despidió con amabilidad. “Papá Hem” tenía apuro en llegar a Cabo Blanco, caleta famosa por sus peces de altura. En buen romance, quería largarse a probar suerte con la caña a bordo del Miss Texas.  

2.
En Cabo Blanco Hemingway permanecería 36 días pescando. El narrador y aventurero llegó al Perú por primera y única vez con la intención de capturar un merlín negro digno de leyenda: el animal sería perfecto para la adaptación cinematográfica de El viejo y el mar (1952), que por entonces John Sturges rodaba en Cuba, la segunda tierra de Papá Hem. Acompañado por un equipo de filmación de la Warner, Hemingway partía con su comitiva a las ocho de la mañana y regresaba al anochecer al exclusivo Fishing Club, exclusivo espacio para multimillonarios y miembros del jet set mundial que dio renombre a Cabo Blanco a mediados del siglo pasado.

El barman Pablo Córdova —tantas veces citado para narrar esta historia— recordaría esas noches cuando en el bar del Fishing Club de Cabo Blanco, el autor de Por quién doblan las campanas (1940), al final de sus incursiones marinas de 10 horas diarias, se acodaba para servirse unas copas de whisky puro que intercalaba con vasos de agua, creando un efecto que habrá que experimentar. “Hemingway pasaría largas horas charlando con él de cosas triviales mientra bebía innumerables vasos de escocés.” (Pág. 42).
  
3.
Un autor puede perseguir un tema o sentir que un tema —en forma de fantasma literario— lo persigue. Omar Zevallos, reconocido periodista, columnista y caricaturista arequipeño, pertenece a este último istmo.

Ya de niño, Zevallos había sido inoculado en la biblioteca de su padre por las novelas del autor y su personalidad magnética. “Hemingway era sin duda el icono del hombre fuerte, cazador, pescador, boxeador, corresponsal de guerra, mujeriego y escritor; y su vida estaba llena de historias increíbles.” (Pág. 12). Los años pasaron y como periodista Hemingway aparecería sin proponérselo como un pendiente, que aparecería a lo largo de tres países (Cuba, Estados Unidos y el Perú).

Como el propio Zevallos lo señala, se vuelve muy difícil aportar a la amplia bibliografía de Hemingway, sobre quien parece todo se ha escrito, aunque su vida exagerada no dejará de ser un rico caldo de cultivo para nuevos proyectos narrativos.

La crónica “Hemingway en el Perú” es estupenda. Fue publicada por vez primera en 2006 en la revista Gatopardo, todavía en su etapa colombiana y bajo la dirección de Rafael Molano (por cierto la mejor etapa para quienes gozamos de sus memorables páginas). Le valió a Zevallos el premio de la Sociedad Interamericana de Prensa en la categoría de Crónicas.

A este Mamut Que Levita le parece que el aporte fundamental de Zevallos en su nuevo libro es, sobre todo, esta crónica de la estadía del Nobel en el Perú. El periodista escarbó los diarios de la época (El Comercio, La Prensa y La Crónica enviaron a sus corresponsales ni bien se enteraron del cable que anunciaba la llegada del novelista a las caléndulas tierras piuranas); trabajó en base a los testimonios y la memoria de los tres periodistas que cubrieron la llegada del Nobel, hoy todos ellos fallecidos; viajó hasta el breve poblado de El Alto y recorrió el abandonado Fishing Club de Cabo Blanco en busca del dato exacto, dejando de lado las leyendas de los pobladores que aprendieron de segunda o tercera mano el relato del mítico gringo bonachón y de feroz sed.

Porque más se conoce en forma de leyenda lo que fueron esos 36 días en Cabo Blanco, pero se carecen de otros testimonios directos reales (casi todos los textos que aparecen sobre esta caleta, ficcionalizan o toman los testimonios de los hijos de los testigos). Pero los periodistas cubren pocos días del espectro total del itinerario de Hemingway en la caleta, esto debido a la condición de espacio exclusivo, por eso no son confiables los testimonios de oídas.

Los siguientes tres textos de Hemingway desconocido versan sobre temas más universales. Me refiero a “El fantasma de Hemingway”, que habla sobre el espectro en Finca Vigía, el famoso Museo Hemingway de Cuba, donde se cuenta que el espectro del novelista ha sido visto por guardianes que han tenido que renunciar por el acoso del alma reacio a partir.

Por su parte, “La amante cubana” y “La pasión imposible”  tienen por común denominador: en líneas generales se basan en las relaciones con mujeres fuera del matrimonio. En la primera, la protagonista es Leopoldina Rodríguez, una hermosa y “fina” prostituta que frecuentaba el bar El Floridita de La Habana. La relación con el novelista no fue solo del comercio sexual sino también de conocimientos literarios pues el autor de El viejo y el mar habría confiado en el juicio de Leopoldina con respecto a ciertos trabajos, como la propia novela ambientada en los mares cubanos.

En “La pasión imposible”, nos adentra en la relación epistolar entre el narrador norteamericano y la actriz alemana Marlene Dietrich. En esta última crónica se promete un texto donde se trabaje mucho sobre las misivas entre la actriz y el literato, pero no sucede. Hay más un trabajo sobre Dietrich, aunque, por cierto, no deja de ser entretenido (un lector puede leer de un tirón el volumen), ya que Zevallos nos lleva a buen recaudo sin necesidad con un verbo límpido, sin malabarismos verbales con el que muchas veces pecan con sus galimatías otros cronistas con alma barroca. Mas el mexicano Juan Villoro pondera que la crónica es el ornitorrinco de la prosa, integrado por distintos géneros, donde darle más peso a una pata puede ser perjudicial para el texto.   

Posdata
A este Mamut Que Levita le parece curioso las coincidencias editoriales. Mientras Omar Zevallos presenta Hemingway desconocido, otro autor peruano, Carlos Arámbulo, acaba de publicar Nunca seremos tan jóvenes como hoy, cuyo conjunto de relatos arranca con una pieza de narrativa corta muy interesante, “El viaje a Hemingway”, que este Mamut ya comentará. Ya lo dijimos, Hemingway es inagotable.

(*) Todos los comentarios son de su autor

PUNTAJE:
3.5 de 5

FICHA:
Zevallos, Omar. Hemingway desconocido. Cuatro crónicas secretas sobre el escritor en el Perú y el mundo. Lima, Debate, 2019. Págs. 111.  

jueves, 16 de mayo de 2019

ABE: Entre las digresiones y las canciones, existe la antimemoria




A propósito de la despedida literaria de Alfredo Bryce Echenique, una mirada con caleidoscopio y soundtrack de bolero y cante flamenco, a su triada de antimemorias.

Parece que con los años, la memoria o la antimemoria, al destejerse, ocupa menos espacio. Se hace menos prolija. Se sintetiza.

La antimemoria es el género literario que Alfredo Bryce Echenique, ABE, ha escogido para decirle adiós a más de 40 años de escribidor; para desatar los últimos cabos y empezar a navegar sin bagajes, sin la costumbre bendita de escribir y su hermana tortuosa llamada edición.

En el universo de la Literatura Hispanoamericana, desde Un mundo para Julius(1970), ABE es “el autor” del registro entrañable. Y ahora, decíamos, literaria y literalmente, deja la narrativa como quien se divorcia de un amor prolongado. Y con gesto de caballero solicita Permiso para retirarme (Lima, Peisa,2019).

Huellas de la antimemoria
Tengo buenos recuerdos de mi primera experiencia con la “antimemoria” bryciana o “briceña”, como leí por ahí. En 1993, ABE presentó Permiso para vivir. Antimemorias, un total de 460 páginas donde se sucedían 72 textos divididos en dos secciones.

La pregunta que corrió entre los lectores, y que los periodistas culturosos hicieron entonces eco, fue: ¿por qué un escritor a sus 54 años, en la cresta de la ola de su madurez literaria empezaba a escribir sus (anti)memorias, cuando se tiene la idea que ese género es más cercano a quien está cercano a la muerte? 

Bryce escribía antimemorias inspirado en André Malraux, solo llevado adelante “por los ardorosos desfiladeros de la emoción y de la reconstrucción”. Entonces a uno solo le quedaba disfrutar de esos textos que nos daban ciertas brújulas interiores de la ficción bryciana, que no resulta tan ficcional, mirándola con ojos del antimemorismo.

Con permiso, los epígrafes
La primera entrega, Permiso para vivir, traía un epígrafe de Konstantino Kavafis, que terminaba así:

Nada me retuvo. Me liberé y fui.
Hacia placeres que estaban
tanto en la realidad como en mi ser,
a través de la noche iluminada.
Y bebí un vino fuerte, como
sólo los audaces beben el placer.

Ahí moraba, creo yo, el concepto de lo que venía con el conjunto de textos unidos por la antimemoria.

Los textos de la segunda parte de Permiso para vivir están dedicados a Cuba (“Cuba a mi manera”), un pretexto para hablar de Hemingway (un rayo fulgurante siempre presente en la narrativa y el antimemorismo de ABE, no por menos incluye los cuentos completos del norteamericano entre sus diez libros favoritos), de Woody Allen, de los congresos de escritores, de Fidel, de Gabo y la mítica Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños.  

En la década siguiente, ABE se dio un respiro, entre novela y novela, entre clases y clases en universidades francesas, y continuó trabajando más textos donde sacaba lustre a su capacidad evocadora y de narrador con marcada oralidad ‒ese efecto de sentir que sus textos transcurren como una charla amical en una bistró‒. Llegó en 2005 su Permiso para sentir. Antimemorias 2. El volumen antimemorioso contaba con 53 textos en prolijas 628 páginas. ¡Era inclusive prolijo en los epígrafes! Virginia Woolf, Montaigne, Borges, Calvino, Pentadius, Perec y Rousseau, verbigracia, y un agradecimiento-cita a Umberto Eco.  

Permisividad de la (anti)memoria
Y ahora anuncia que todo tiene su final, con la entrega Permiso para retirarme. Antimemorias 3.

El nuevo volumen comparte con Permiso para vivir los textos más cortos. Tanto Permiso para vivir y Permiso para sentir empiezan con un capítulo largo dedicado a las digresiones, “Por orden de azar”. En Permiso para retirarme parece que hay una premisa, un apuro, ya que siendo el más breve de la trilogía de la antimemoria, cuenta con más capítulos (cinco en total). Aunque mantiene la esencia bryciana, la brevedad de los textos, considero, se deben a la otra forma de escritura que utilizó ABE para este, su último libro: Bryce, que tiene ya a sus 80 estrenados años las manos temblecas, optó dictar el libro a una señora y así evitar la tortura china de sentarse frente a una pantalla en blanco.

Decíamos que el de las antimemorias son el reino de las digresiones; género literario para celebrar la vida, en medio del camino de la verificable y lo no. Y en la escritura de ABE, es un artefacto entrañable por sus cuatro costados.

Hay muchos temas que resultan circulares en la triada de libros, que vuelven a la carga en Permiso para retirarme, como el eco entre las montañas.

El volumen carece de epígrafe. Se las arregla con un prólogo donde se luce la décima: vuelve la que le dedicó Nicomedes Santa Cruz (y figura también en las primeras páginas de Permiso para vivir). También tenemos el que le dedicó el cantautor español Joaquín Sabina. Y habla de Malraux también, para dar la última puntada con aguja o para explicarse a los nuevos lectores sobre este ejercicio antimemorístico. Cuenta ABE: “Creo como André Malraux, que el psicoanálisis va más allá al interpretar los recuerdos que somos capaces de evocar y que, por ello, hoy solo se puede escribir antimemorias. Finalmente diré que estos textos son también la expresión del gusto por contar historias, que mantengo intacto desde los veintiocho años, cuando inicié mi carrera como escritor”.   

Bryce cierra el círculo, mirándose al ombligo: vuelven París, Cuba, España, Perú, los viajes con el papá (un gerente de banco que primero fue marino hasta los 40 años) por la Sierra Central, algunos amigos, los de siempre, los amigos. ¿Uno tiene derecho de criticar la antimemoria? Lo único que se criticaría es si fuera aburrida, pero no es el caso. Será una delicia para quienes han seguido el largo camino de Bryce y sus personajes, que no son sino una amplificación de su propia personalidad.

Si hablamos de las obsesiones recurrentes en los tres volúmenes, la primera es la oda a la amistad (de los narradores, Julio Ramón Ribeyro es omnipresente en los volúmenes); en segundo lugar lo ocupa la evocación de sus parejas y la familia; un tercer momento lo ocupa su lucha contra la depresión, sus terapias, sus difíciles medicaciones con Anafril, con Antabus, su relación con el psiquiatra de Salvador Dalí, Ramón Vidal Teixidor; un cuarto momento son las referencias a su encuentro con los políticos peruanos (Alan García, Juan Velasco Alvarado, su abuelo Echenique, Alfonso Barrantes, Manuel A. Odría). Finalmente las ciudades y pueblos como escenarios de la infancia (Lima, San Isidro, Chosica, La Punta ‒desde donde ha pedido que tiren sus cenizas‒), su vocación taurina, la lavanda Yardley, sus cuñados (el “gran tarambana” del periodista Paco Igartua). Y no faltan los libros, los autores, Casanova, .  

Aparte de la entreñabilidad, otra relación que aparece constante en los tres volúmenes es la presencia de la poesía y la música. En Permiso para retirarme la música popular está presente con Daniel Santos, las coplas del cante flamenco o Frank Sinatra. Nos deja sus antimemorias y él hace girar sus elepés y ve una película en el ecran de la vida.

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(*) Todas las opiniones de esta página pertenecen solo a su autor.

FICHA TÉCNICA:
Bryce Echenique, Alfredo. Permiso para retirarme. Antimemorias 3. Lima, Peisa, 2019. Pp. 218.


jueves, 9 de mayo de 2019

Muñequita de thriller o cuando ellas afilan el cuchillo en tu cuerpecito caribeño



A propósito del Día de la Madre, recordemos un clásico de las letras latinoamericanas del XXI: Mujeres asesinas. Un libro de perfiles épico, sangriento, realista, que cambió la forma cómo vemos al sexo débil.

Si Ud. es de los que creen que el mundo se divide en blanco y negro, en Dios y el Diablo, en buenos y malos, le recomiendo cerrar esta página.

Ahora me quedo con los habitantes del feliz universo gris.

Desde el título comprenderá, amable lector, que en las 14 historias que integran el corpus de Mujeres asesinas (2005) ellas son las victimarias. Son ingredientes en estas historias la venganza, los celos, la resignación, la rutina, las medias verdades. El producto son los asesinatos más viles, sangrientos y despiadados de los que haya escuchado.

Hay algunas justificaciones -¿tiene justificación la violencia?-. “Las historias familiares de las mujeres asesinas suelen ser patéticas”, dice la autora en el texto introductorio. “Otro dato a tener en cuenta: una vez que empiezan la faena, no pueden detenerse. Cuando se deciden a clavar el cuchillo siguen clavándolo hasta que se les acaba la fuerza” (Pág. 11).  

En este gesto, donde se aseguran que la víctima esté “bien muerto” (el adjetivo es limeño), demuestra que son inclementes. (Ellas) son las más crueles de quienes históricamente se consideraban los peores, los hombres. Es lo que llamó la atención a quienes leímos estas historias.


"Las historias familiares de las mujeres asesinas suelen ser patéticas."
 

Libro y TV o viceversa
Pero la construcción de este libro es singular, inaugura, de alguna manera, un momento en la historia de la narrativa de América Latina, cuando la fuerza de la televisión estaba en su máximo auge y necesitaba respuestas rápidas a la demanda del mercado.

Porque RobertoGómez Bolaño dirigió y protagonizó el exitoso El chavo del 8, de 1971 a 1980, pero recién se animó escribir el Diario del Chavo del 8 en 1995, es decir, de forma muy tardía.  

La curva de importancia de la TV empieza a subir en los años setenta, todavía con una oferta en blanco y negro, muy mojigata; hará boom en los ochenta –llega la TV technicolor- y crecerá en los noventa con el abaratamiento de los aparatos receptores, gracias a los productos made in China; y hacia fines de la primera década del siglo XXI le irán robando el primer lugar los contenidos para smartphones y hoy los canales por streaming.

Killers, un fenómeno
Mujeres asesinas fue publicado por vez primera en el 2000. Pol-Ka Producciones compró los derechos y elaboró una exitosa teleserie argentina basada en las 14 historias. En paralelo salió esta primera edición del libro por Sudamericana, con 5,000 ejemplares que se hicieron ubicuos en las librerías más importantes de Latinoamérica, convirtiéndose en un fenómeno cultural.

¿Por qué?

Primero, porque remeció la cucufata América Latina cambiando los roles y poniendo a las mujeres como las oscuras protagonistas de las páginas rojas. A 14 años, del fenómeno de Mujeres asesinas, hoy estas historias podrían no llamar la atención y perderse en ese amarillismo de historias sórdidas con las que nos ahogan los diarios populares y los canales de señal abierta.

Segundo, no hay lugar a dudas que la escritura de Marisa Grinstein atrapa al lector, no desvía su atención en cada una de las historias. Sí, escribir bien es un arte muy difícil. Grinstein hace manejo del ritmo y de los adverbios; a partir de su narrador omnisciente, da algunos juicios valorativos, aprovecha su afinidad de mujer para meterse en la psiquis de las protagonistas y el uso de los diálogos son más entrecomillados, en medio de los párrafos.

Otro factor del éxito del libro y por el cual pusieron ojo los productores era la diversidad de perfiles: Grinstein hizo una puntillosa selección: Citemos: Emilia Basil, cocinera; Clara, la fantasiosa; Ana María Gómez Tejerina, asesina obstinada; María Ofelia Lombardo, protectora; Graciela Hammer, incendiaria; Marta Odera, monja; etc.

Grinstein, tras el éxito, publicó los volúmenes 2 y 3 de Mujeres asesinas, con nuevas protagonistas, claro está. La sociedad comprendió que hay material de sobra.

Tercero, el formato se copió en otros países: fue un despertar, cada país que compró los derechos de difusión de la serie vio que tenía sus propias mujeres asesinas, publicando crónicas, perfiles y libros. Como ejemplo, diremos que en México no solo se adaptó la teleserie sino que se publicó un libro con un título modificado y con sus propias asesinas. En el Perú, Rosa María Cifuentes publicó dos libros (Asesinas y 13 asesinas), que sirvieron de plataforma para lanzar su carrera como escritora.

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PUNTUACIÓN: 
4 de 5 

FICHA TÉCNICA:

Grinstein, Marisa. Mujeres asesinas. Buenos Aires: Sudamericana, 2005. 216 páginas.

jueves, 2 de mayo de 2019

La posverdad o cómo Pinocho aprendió a alargar su nariz en tiempo récord


La herramienta es libre y parece inofensiva: las redes sociales, con su supuesta democracia, de ser el timbre de quienes carecían de cuerdas vocales, contribuyen a la creación de una nueva forma de la desinformación que atizan los grupos de poder: la posverdad. En Mecanismos de la posverdad, la periodista Jacqueline Fowks analiza cómo este instrumento se ha convertido en un platillo infaltable en el menú noticioso que consume América Latina. 

1.
Un expresidente toma un revólver y se suicida la mañana en que los fiscales tocan la puerta de su casa, en un barrio residencial de Lima, para hacer cumplir un mandato de prisión preventiva que pesa en su contra por dineros que -otros a nombre de él- recibieron de la constructora más grande y corrupta de América Latina. El expresidente dejó una carta de una página, donde señala que dejaba su cadáver a sus enemigos políticos. Suena poético, pero no lo es.

Pareciera que con la bala que entró y salió por su cabeza terminaba esta historia. Pero sus aliados no quieren que esta sea la posdata política de su líder, quien dos veces llegó a presidente del país. El cuerpo ausente ha servido como arma para construir una versión de los hechos que se enfrenta desde entonces a las investigaciones de los fiscales sobre las millonarias coimas; y para eso se sirven, desde las respuestas que parecen aisladas de sus anónimos partidarios en las redes sociales hasta las intervenciones de sus dirigentes políticos más connotados desde el Congreso, en su lucha constante por desacreditar cada avance de las investigaciones. Total, los monumentos a los presidentes aguantan más tiempo que los expedientes judiciales. ¿Es cuestión de esperar? 

Esparcir mentiras intencionadas en un país polarizado es como sembrar minas en un campo muy transitado. (Jacqueline Fowks)

2.
El diccionario Oxford define el término posverdad como: “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Posverdad otra forma de llamar a la desinformación y la manipulación noticiosa. Siempre existió, ahora se ha multiplicado a la enésima potencia.

La periodista Jacqueline Fowks publicó en el 2017 el ensayo Mecanismos de la posverdad, pero el día a día con la posverdad -que manejan los grupos de poder- es tan cercana en la caótica América Latina -tampoco se trata de una regional excepcional a este fenómeno, claro está- que al año siguiente el libro fue reeditado.

Es que los latinoamericanos necesitamos que nos expliquen lo que sucede; de cómo la posverdad se ha dinamizado gracias a ese menjunje de los medios electrónicos, accesibles a todos gracias a “la velocidad” y la “simultaneidad”; y se encargan de llenar el universo informativo digital en estados-naciones que son el caldo de cultivo perfecto: las “sociedades pluriculturales en las cuales predominan la exclusión y la desigualdad desde hace siglos” (Pág. 23); en términos más técnicos hablamos de “los cambios en la comunicación política, y en el circuito de producción, circulación y apropiación de las noticias” (Pág. 21). 

Es que el mundo ya no es tan sencillo como ayer, cuando era estaban quienes detentan el poder y los medios de comunicación masiva. La tecnología ha instalado a un nuevo actor; las redes sociales. Ahora respaldan la posverdad, como recuerda Fowks, “quienes hoy difunden mensajes masivos noticiosos o de tipo noticioso, sin ser periodistas, suelen tener relación con poderes fácticos o trabajan como herramienta de operadores políticos o empresariales. No son necesariamente llaneros solitarios u outsiders de la información.” (Pág. 22).

El mundo de Facebook, Instagram, Twitter,  intenta dar a entender que estamos frente a cosas aisladas; querer reforzar esa entelequia que internet sirve “para dar la palabra a las voces más democráticas”.

Falso, Pinocho.

Dice Fowks, “hemos llegado a un momento en que los movimientos sociales o climas de opinión que surgen de medios sociales quedan neutralizados o anulados por quienes detentan el poder político y económico o por los poderes fácticos.” (Pág. 25). Los corderos se conocen pero no a los titiriteros, o al menos ellos no quieren delatarse fácilmente en este constructo; en estos mecanismos de desinformación y manipulación. Tiene que parecer que todo es espontáneo, como las indignaciones mundiales en 2015 ante la muerte de Aylan cuando naufragó su barcaza llena de migrantes como él, en las costas de Turquía.

Lo principal es la divulgación de las mentiras o construir medias verdades, dice la autora. Tergiversar o malinterpretar intencionalmente hechos y documentos “o a través de montajes fotográficos, edición fraudulenta de audios, puestas en escena falsas, o la simulación por parte de las fuentes de información. estas manifestaciones son las más comunes en los procesos de posverdad”. (Pág. 31). Si creía en la inocencia de las redes sociales, es tiempo de quitarse el antifaz.


Con suerte, una versión falsa que abona en una manera distorsionada de ver las cosas es desmontada, pero el impulso y visibilidad del mensaje original suele ser mayor al del desmentido. (Pág. 150)

3.
Decíamos que la posverdad, aunque universal hoy, es muy sudaca y latinoamericana, por las características de nuestras sociedades. En su libro, Fowks analiza los “mecanismos de la posverdad” en el Perú, Colombia, México y Chile; de cómo la forma de en una contienda “nombrar las cosas” durante los conflictos sociales, permiten lograr la hegemonía política, empresarial, económica. Imponer cierta “verdad” de interés a un grupo y, como dice la autora, despreciar al ciudadano que expresa sus derechos. Bingo.

El libro de Jacqueline Fawks  tiene la frescura del verbo de los periodistas, al que suma la profundidad de la ensayista. A su bibliografía consultada suma casos que los latinoamericanos podemos refrescarnos siguiendo los enlaces. Mecanismos de la posverdad no se agota en sus ejemplos, sino, como propuse al inicio de este comentario, se puede refrescar con los contextos que nos proporciona en abundancia nuestra nunca aburrida realidad. Tal vez, justamente, el contar los hechos en piloto automático, queriendo competir desde las multiplataformas con las redes sociales, haga que muchos periodistas caigan y alimenten la posverdad. Otras veces, no serán tan ingenuos los productores y directores. Será una verdad herida, una posverdad, que cumple su rol en el ajedrez político, social y económico.



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Todas las opiniones de esta página pertenecen únicamente a su autor


PUNTUACIÓN:
4.5 de 5

FICHA TÉCNICA:
Fowks, Jacqueline. Mecanismos de la posverdad. Lima, Fondo de Cultura Económica Perú y CISEPA, 2018. 2da. edición. 183 páginas. 

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  @vadillovila