lunes, 24 de junio de 2019

La crónica, o la extraña belleza de la pirámide pervertida





Eloy Jáuregui tiene toda la experiencia necesaria para hablar de la crónica, ese género periodístico que el mexicano Juan Villoro denominó el “ornitorrinco de la prosa”. En Una pasión crónica. Tratado de periodismo literario, teoriza sobre este endemoniado género, basado en su mirada particular y en una vida que la crónica ha exagerado sin dejar de ser real.

1.
En los Panamericanos del periodismo narrativo, Eloy Jáuregui (Lima, 1955) es nuestro gimnasta mayor del periodismo cincelado con el martillo de la escritura creativa.

Es un indudable referente de la crónica o periodismo literario hecho desde el Perú, con una producción que supera la veintena de títulos y una vida errante por todas las redacciones de los medios escritos, revistas, periódicos, medios digitales, y los que aún no han nacido, porque seguro Eloy escribirá en ellos. Es un privilegio que ningún periodista nacional, en pleno ejercicio, mantenga y siga publicando con infidelidad creativa en varios medios o “canales”, a la vez.

Pero, ¿qué diantres es la crónica? Cito: “El contar historias con la magia de la verdad” (Pág. 18); la crónica “le devuelve a los usuarios el placer de leer buenas historias que son contadas con genio y gracia” (P. 19).

Eloy Jáuregui es dueño de un estilo barroco citadino-mestizo-achorado-poético-culturoso, un “siete colores” donde hacen cocción el conocimiento a profundidad del barrio como espacio vivo y fuente de información de primera mano –Jáuregui no sería Jáuregui sin Surquillo, y también sus viajes infiltrados en el calor de la noche por Lince, Jesús María y otras geografías urbanas limeñas que han impregnado su escritura para el goce de los lectores.

A ello sumemos un gran bagaje en las palabras y figuras literarias, herencia de su vena poética y del amor a los libros que le influyó su padre, el librero Néstor Jáuregui. También porque pertenece al grupo Hora Zero, que en los años setenta sacudió las buenas formas de hacer poesía y poetizó con todo lo que encontraba a su alrededor: desde el hambre hasta el vaso de cerveza sin helar. Varios horazerianos transitarían por la crónica; sin embargo, Jáuregui es el único de ese colectivo que, por décadas, se ha mantenido como firme devoto del mentado género.  




Eloy es amante lujurioso y empedernido de la palabra sensualizada y por qué no, sexualizada, en su rijoso y quimboso verbo con el que toma el pulso al Perú y balnearios.

No por menos sostiene que la crónica es “el nexo perfecto entre la información sin adulterar y la belleza de la escritura” (P. 17); o que “escribir es esa fricción de dos términos para construir en el sendero iluminado de la escritura” (P. 38).

Su sapiencia en el arte de preñar palabras y firmar sus hijos textuales, está sintetizado en 38 años en el oficio del cronista a tiempo completo en el río revuelto de la peruanidad, sus circunstancias y sus personajes. Aunque eso no lo haya convertido en millonario, lo ha hecho querido y singularizado (para los cronistas de los noventa y los que salieron de la escuelita de la recordada revista Etiqueta Negra, Eloy es un referente, tal como a mediados del XX lo fueron el elegante Alfonso Tealdo y el viajero Manuel Jesús Orbegozo).  

2.
Y para ser cronista, hay que ser testigo, es la regla de oro. Eloy Jáuregui ha sido parte del séquito que acompañó, lloró y bebió hasta el amanecer, en las exequias de FlorPucarina; ha viajado hasta la isla de Cerdeña, Italia, para conocer el lugar donde pasó los últimos días el poeta, novelista y artista conceptual JorgeEduardo Eielson, cuyos nudos en forma de estampita, Eloy guarda como una tabla de salvataje sobre la cabecera de su cama nunca fría. 

Finalmente, un editor (Jesús Raymundo) convenció de plasmar todo ese rico knowhow de este maestro por antonomasia del género más sabroso y hermoso del periodismo; y también de su experiencia como profesor universitario, pues Jáuregui, ininterrumpidamente desde el año 2000, ha enseñado las bondades de la “pirámide pervertida”; enseñando a sus alumnos a rebelarse contra el monoteísmo de su hermanastra, cumplidora pero sin bríos, “la pirámide invertida”, incentivándolos a ser bígamos y polígamos en sus fuentes de información y en sus búsquedas estéticas para escrituras mejores, para el deleite de sus lectores o consumidores de productos multimedia, si lo ponemos en el lenguaje actual donde los periodistas son productores.

El resultado es Una pasión crónica. Tratadode periodismo literario. Como todos los títulos de los libros de Jáuregui, no deja de jugar con frases ingeniosas y populares que, a la vez, tienen un segundo y hasta tercer sentido.

Así, Una pasión crónica, encierra también lo que ya mencionamos: que por las venas de Járeugui no hay glóbulos blancos y rojos, sino vino Gato Negro, lecturas de poetas beats y malditos y de la mejor narrativa mundial, y un ejercitar textual que él resumió en una frase que se prestó del desaparecido Oswaldo Reynoso: para escribir bien, bastan tres acciones al cubo: leer, leer, leer, escribir, escribir, escribir y vivir, vivir, vivir. 



3.
Criollo, al fin y al cabo, y escritor “en surquillano”, Eloy Jáuregui obliga al lector a estar atento, tomando nota, si es que quiere aprender algo en Una pasión crónica, porque sus pensamientos toman la Carretera Central de lo que significa el primer párrafo de una crónica y acaban, en el mismo capítulo, en la Panamericana Norte, citando a Nietzche y a Porras Barrenechea, por ejemplo. Pero es una lectura que cautiva.  

Y de este modo, a lo largo de los 15 capítulos, va regando así sus lecciones, que han sido salpicadas, sabrosamente, con los primeros párrafos de algunas de sus crónicas más elogiadas –este Mamut considera que Usted es la culpable, de 2004, es, de lejos, su mejor volumen de crónicas–, que obligan al lector a buscar la versión completa en alguno de sus incestuosos libros de crónica que publica casi anualmente.

Esta fórmula teórico-práctico ya la desarrolló otro genial del género, Martín Caparros, en su voluminoso libro Lacrónica (2015), que es resumen también los puntos de vista del cronista del argentino, que ya comentaremos en otro momento. Y el lector y el cronista en formación prestan atención a este tipo de libros porque combinan teoría más experiencia.

4.
La primera tarea que da Jáuregui a quien quiere sumergirse con escafandra en los mares del periodismo narrativo, es “conocer todas las formas de expresión que existen, pero más del arte de la poesía”. Me guste ese peso que le da a la poesía porque es el único género literario donde la palabra explora la mayor cantidad de significados que encierra un significante.

Sugiere también ejercitarse en el arte de mirar. Sí, ser un fisgón, es una obligatoriedad para construir las escenas, ver a los personajes compuestos en la fuerza de los detalles. 

¿Quieres escribir bien?, pregunta el cronista limeño a sus lectores. Entonces nos recalca poner en práctica los tres verbos: leer, escribir y vivir. Parece sencillo, pero implica un desafío amén de la inversión de tiempo. Hasta hoy sigo intentándolo sin mucho éxito.

Eloy no da en su libro todos los tips ni las mañas ni enseña todos los secretos para escribir buen periodismo narrativo, pero en Una pasión crónica nos abre las puertas, invitándonos a entrar y practicar la crónica. Lo hace mostrándonos las venas abiertas de su mundo de periodista literario y todas las lecturas y autores que lo han formado. Sí, lo importante es su experiencia. La delicia es leerlo, ramificar el pensamiento para captar dejar una idea que taladrará al lector-cronista, ¡ese es Jáuregui!



PUNTAJE:
4 de 5

FICHA TÉCNICA:
Jáuregui, Eloy. Una pasión crónica. Tratado de periodismo literario. Lima, Artífice Comunicadores, 2018. Pp. 208.

¿Se puede aprender el difícil arte de redactar bien?

Un periodista ha osado escribir un libro de redacción y los lingüistas y correctores levantan la ceja. El libro de Jesús Raymundo, en cuatro años, llega a su tercera edición y tres reimpresiones en el Perú y una edición en España. La redacción no se improvisa ha tenido éxito en talleres y redes, pero también ha sufrido el ninguneo del mainstream de las letras en el Perú.




1.
Un malabarista humanoide toma las letras del abecedario y, desafiando el viento y la coordinación mente-cuerpo, intenta dominarlas. El dibujo está en la portada de La redacción no se improvisa, del periodista Jesús Raymundo.

El dibujo es una metáfora. Resume el fin del volumen: compartir “normas, técnicas y experiencias” para escribir mejor; es decir, para evitar (en la medida de lo posible) “las faltas lingüísticas y de redacción” a la que todos, escritores profesionales y neófitos ante la hoja en blanco, nos enfrentamos.

Subrayo la palabra experiencia. Y la dejo, por mientras, ahí.

2.
La palabra escrita es el insumo vital para todos aquellos que aprendimos a leer y escribir y necesitamos comunicarnos con nuestros semejantes. Hoy su uso se ha multiplicado con las redes sociales y no hablaremos de la calidad de estos mensajes para no alargar el tema. Tampoco de los esfuerzos de jueces, fiscales y abogados, empecinados con su verborrea en la antiescritura.

Frente a esa llanura, resalta el trabajo de los escritores creativos. El esmero con el que poetas, narradores y ensayistas –siempre serán los menos– riegan, cuidan y fecundan en el vivero de sus textos las posibilidades de las palabras, que armonizadas en una estética, convierten a sus textos en verdaderas piezas de arte.

Aun así, los escritores, yerran. Ni qué decir de  los periodistas, que tienen el desafío diario de describirnos el mundo con sus noticias y sandeces, a diario. Yerran con saña y alevosía. Algunos aprenden a cocachos, gracias a los escasos buenos editores. El resto (sobre)vive en piloto automático.

Jesús Raymundo, en más de 25 años de labor periodista en el Perú, tiene la “indesmayable brega en el uso correcto del idioma”, resalta su colega, Hugo Coya, en el prólogo a esta tercera edición. Lo dice Coya porque esta cualidad resulta una excepción cuando debe de ser la norma. 

Entonces vuelvo a mencionar la palabra experiencia.

3.
En cuatro años, La redacción no se improvisa ha logrado tres ediciones y tres reimpresiones. Más de seis mil ejemplares, amén de las ediciones piratas que han crecido a la par. Es tan buena “guía para lograr textos de calidad” que, este año, ha sido editada también en España.

Sí, un periodista peruano ha publicado un libro para redactar bien, en la tierra donde nació el español, Miguel de Cervantes y desde donde trabaja el buque vigía del idioma, la Real Academia Española de la Lengua. 

Y lo ha publicado un sello de Barcelona, ciudad donde se forjó el boom latinoamericano, con Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes y Cía.. Ciudad que,con sus sellos editoriales (este MamutQueLevita es fan del editor Jorge Herralde y lo que logró al frente de Anagrama), señala el rumbo de lo que deben de leer los hispanoparlantes. Entonces es una noticia importante pero ha pasado desapercibida, seguramente porque Raymundo es “color puerta” o porque no pertenece a las argollas del establishment literario peruano.

Y, justamente, la nueva edición peruana de La redacción no se improvisa reproduce el prólogo del académico barcelonés Alberto Gómez Font, miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, quien cuando llegó el pasado a Lima quedó sorprendido con el trabajo que había desarrollado Jesús Raymundo.

Gómez destaca que este libro “no se limita a presentarnos los cambios [normativos en ortografía, sintaxis y léxico], sino que hace un repaso minucioso y amplio por todos los puntos dudosos que nos pueden impedir redactar con corrección, y así nos evita tener que consultar dos o tres o cuatro libros al mismo tiempo, pues él condensa aquí, en esta páginas, lo esencial de la norma académica, la norma consensuada por la Asociación de Academias de la Lengua Española, en la que no son de recibo las improvisaciones, aunque en ocasiones se pueda discrepar.”

4.
Sin embargo, desde que en el 2015 salió la primera edición de La redacción no se improvisa, los lingüistas nacionales y sus pares menores, pero no menos importantes en el día a día de la palabra escrita, los correctores de estilo, miraron cejijuntos el aporte que podía dar el libro de Raymundo. ¿Qué puede aportar un periodista en nuestro rubro?

Les jode, disculpen, que un periodista se meta a hablar y a escribir sobre la materia que ellos dominan. A raíz de este libro, Raymundo ha realizado talleres por todo el Perú y ha llegado al Ecuador. Ha acaparado una gran atención no solo de periodistas en busca de mejorar su trabajo cotidiano sino de estudiantes universitarios y profesionales diversos (abogados, ingenieros, médicos, contadores, han sido conscientes de la necesidad que tienen de escribir bien). 

Además, se ha convertido en un referente para miles de peruanos de lo bien escrito, haciéndose conocido en redes sociales como el @DoctorTilde, que corrige desde tuits del presidente de la República, congresistas, gobernadores regionales… es que el poder político no te da el poder de escribir bien. Y la gente se divierte, hace leña con sus likes y emoticons, del mensaje corregido, hace del @DoctorTilde una tendencia, pero aprende. Es que escribir en las redes sociales, amparado en el mal endémico de la inmediatez, solo ha tenido referentes de lo mal escrito para las mayorías. Hasta que llegó el @DoctorTilde preocupado en que las reglas de la RAE las usen correctamente todos los hablantes de a pie. ¿Quién antes se había preocupado por ellos?

5.
Y termino este texto volviendo al principio, hablando de la experiencia. Raymundo ha resumido en La redacción no se improvisa, creo, sus dos preocupaciones como periodista y docente universitario. 

De un periodista que ha pasado por muchas redacciones a lo largo de un cuarto de siglo, en profesional que se ha preocupado por disipar dudas gramaticales o léxicas revisando a Álex Grijelmo otro periodista empecinado en que escribamos bien, eldiccionario de la RAE, el de la Fundéu,  y hasta Wikipedia,  para dar por resultado productos periodísticos más claros para los públicos. Y como docente, preocupado en que un amplio número de sus lectores y quienes lo siguen a sus talleres aprendan lo mejor posible a escribir.

Porque la premisa de Jesús Raymundo es que todos podemos escribir bien. Todos. Por ello, en el libro abundan los ejemplos prácticos, el diseño es muy actual: con despieces y la apuesta por las infografías, que no son comunes cuando se habla de las aburridas normas de ortografía. Por eso creo que se preocupa en que todos lo tengamos de material de referencia. Esto elementos de diseño moderno le da un dinamismo, que le permite llegar con mucha facilidad a los no iniciados en el arte del buen escribir, y volver a ser consultado siempre por aquellos que creemos tener cierto manejo en la escritura.

Lo que ha hecho Jesús Raymundo parece fácil, pero es la síntesis de la experiencia y un compromiso con un mejor país, con personas que tengan herramientas para escribir bien, ergo, comunicar sus ideas con claridad.


Mamut Que Levita

Puntaje:
4 de 5

FICHA TÉCNICA
Raymundo, Jesús. La redacción no se improvisa. Guía para lograr textos de calidad. Lima, Artífice Comunicadores, 2019. Tercera edición. Pp. 136. 

domingo, 16 de junio de 2019

Nadie nos extrañará: Lima Sur ya tiene un narrador maldito


¿Nueve cuentos bastan? ¿Qué opinamos sobre la literatura con acné? ¿Hay excepciones a esa regla? ¿O todo lo que publican los jóvenes siempre será buena pieza para el olvido?  

Cuidado con el acné estilístico
La primera actitud de este Mamut cuando se entera de la puesta en circulación, en el parvo circuito literario peruano, del libro debut de un escritor imberbe, es tratar de no inmiscuirse en el asunto. El sadomasoquismo se lo deja a quienes tienen por oficio y deformación profesional hacer escrutinio a rajatabla de las novedades editoriales. Que ellos sean quienes hundan, una y otra vez, el verduguillo de la crítica en la yugular estética (si la hay) de los escribidores virginales.

En esta página, este mamífero proboscídeo se reserva a comentar solo los libros que le interesan.

Pero, ¿acaso Mamut Que Levita es un lector descreído de las innovaciones y sorpresas que pueden venir del talento de los jóvenes escritores? Sería dudoso comentar libros y no reconocer el gran aporte de los mancebos magos de la palabra a la Literatura. Tenemos como estandarte a los poetas malditos que la literatura universal ha procreado (sí la mayoría de los “malditos” son poetas, viven a mil por hora y tienen un final que refuerza sus endemoniadas leyendas).

Sin embargo, recuerde que las grandezas literarias son, lastimosamente, casos excepcionales. Escribir, no basta. La “literatura joven” siempre es un paso, una promesa, a algo mejor que el tiempo decantará. El desarrollo de una estética singular núbil es algo privilegiado. Extraño. Inusual. Y más hoy en día cuando cualquiera puede publicar, por la distorsión que ha generado la autopublicación online, donde autores de edad indistinta y talento mayormente dudable, publican e-books sin creer que es necesario pasar por la mano de un buen editor y luego de un corrector.

Entonces, comprendan que este lector teme volver por la ingratas experiencias y no poder superar la barrera de la primera página de pomposos libros iniciáticos que, en realidad, no se deben ni regalar. ¡Menos entregar a los niños y jóvenes como primera lectura! ¡Son tan malos que harán un flaco favor y alejarán aún más a los no iniciados en el placer de la lectura! Sí, más han sido los infortunios que las buenas publicaciones “de escritores jóvenes” que este Mamut ha tenido.

Por suerte, existen las excepciones.




Pluma y pellejo de un escribidor
Ahora comentaré Nadie nos extrañará, de Luis Francisco Palomino (Lima, 1991).

El autor es periodista; un oficio, casi un adagio, que muere en la coyuntura, entre otras tristezas que encierra ser periodista en un país donde los periodistas sobreviven por décadas sin leer ni la tapa de un libro.

Palomino es de los pocos periodistas jóvenes peruanos que mira al periodismo narrativo. No es que el subgénero sea una piedra filosofal, pero implica un esfuerzo para no dejarse llevar por la capacidad envolvente de consumir días, meses, años de tan ponderado oficio. (Creemos que hoy suena exagerado cuando se recuerda a cada rato que Gabriel García Márquez dijo que el periodismo es el mejor oficio del mundo. Porque replicando esa frase, los editores y directores han convertido las redacciones casi en centros de concentración donde vale la pena invertir más de 12 horas al día).

Volvamos. El año pasado Luis Francisco Palomino publicó Salim Vera. Biografía autorizada (Lima, La Nave, 2018), y este Mamut generacionalmente creció con la música de Libido, una de las más importantes bandas de rock, hasta que se fracturó por problemas internos y su bajista Toño Jáuregui se quitó. Pero es harina de otro costa. Salim Vera.. es un potente volumen de 175 páginas que nos permite ingresar en la mirada del mundo y conocer los demonios del cantante, hijo negado del jirón Paruro, de Barrios Altos. Muy buen libro, que Ud. debe de buscar en librerías. Las dos de las tres partes, son de lo mejor del libro.

Entonces, cuando este Mamut leyó en las marquesinas que el autor con pinta de vocalista de banda de heavy metal de los ochenta, lanzaba su primer libro de ficción, paró la oreja y salió de su ya descrito ostracismo por las publicaciones de autores que acaban de dejar el DNI amarillo.  

Palomino en ficción (muy limeña)
La verdad que la contratapa puede hacerle un flaco favor. Es casi un acto de felatio, cuando Juan Manuel Robles dice que Palomino es “un narrador que tiene el sentido de observación de Ribeyro, la crudeza luminosa de Carver, el oído de Reynoso”.

Pero que Cronwell Jara (Premio Casa de la Literatura Peruana 2019), maestro indiscutible del género del cuento, diga que el autor en ciernes “tiene la fuerza de Bukowski y una sapiencia que difícilmente veo en otros jóvenes. Me identifico plenamente con su literaria. Palomino jode y se burla de la sociedad”, uno se dice, caray. Además, confirmaba lo logrado por Palomino con el buen perfil que hizo sobre el desequilibrado Salim Vera.  

La portada es demasiado sencilla, parece mal hecha, pixeleada, pero está dirigida a los millennials, ellos la comprenden a la perfección. Es la estética de los videjuegos en línea, de la realidad virtual. Y cuando lee uno el libro, comprende que la portada está relacionada con la historia de “Hotel Habbo”, mundo de furnis y nicknames, al final de cuentas un mundo de apariencias para un adolescente o cualquiera interesado en vivir en ese mundo de realidad alternativa mientras se desequilibra el lado humano. A pesar de lo que uno puede creer con el primer vistazo de la portada, este libro de cuentos se debe de leer con un ron barato con tres cubitos de hielo.



A grandes rasgos
Las historias de Nadie nos extrañará gozan del privilegio de la brevedad. En un espacio de pocas páginas, el talento literario de Palomino hace explosión. Sus personajes principales son jóvenes o púberes, citadinos -limeños para más señas.

A través de ellos, Palomino exterioriza los demonios de un escritor que creció y alimentó el ADN de su pluma en un distrito popular. y sus historias -también en su mayoría- tienen el tinte existencial. Hay presencia de la violencia, en sus distintas formas. Hay un realismo sucio (por ello las comparaciones que hacen Cronwell Jara y Juan Manuel Robles). Y en ese juego, bien escrito, el lector quiere más: más violencia, más sexo, más golpes al mundo-bien, desde donde Ud, fisgonea estas páginas, amable lector.

El Macondo de Palomino queda en Lima Sur y se llama San Juan de Miraflores. La clase media de esta zona es su punto de referencia para que sus personajes cuenten el mundo. Sus calles enrejadas, sus combis y buses, su lenguaje juvenil, sus techos y sus cuartos alquilados.  

Se habla mucho que Lima es una ciudad más orgullosa de sus mestizajes. Palomino nos despierta del sueño Disney. Es mentira, idiota: el racismo y clasismo se palpan como una sombra sobre los personajes. Sucede en “Una virgen para Papá Noel” y en “Ropa interior”. En esta última, Lima es una ciudad acorralada por la violencia de marcas, bandas, sicarios y choritos de poca monta, a los que se les debe de responder con las mismas armas.

También hay mensajes, si los busca: cuando te trasladas de barrio y mejora tu posición económica no debes de volver a esos lugares de mierda. Es la síntesis de “La primera piedra”.

¿Más mensajes? “Turbo Berguer” aborda la pornografía infantil, el difícil tránsito del descubrimiento del sexo en la preadolescencia en este mundo con cabinas de internet. Muy interesante cómo presenta el silencio de la patota. Los silencios llenan la historia.  

Palomino sabe mantener al lector atento. La ansiedad del protagonista de “Mal de altura”, de no saber si cumplirá o no su cometido, nos mantienen atentos al siguiente paso.

Sin dejar las diversas forma de violencia del conjunto, “El reto del maniquí” es la única pieza de narrativa fantástica. Muy bien trabajada.

Palomino es un narrador honesto, porque su mirada sobre la sierra es la del extraño. Sus propios personajes como que necesitan de Lima para moverse a sus anchas.  

Rompe la regla de espacio en Nadie nos extrañará el último cuento, “¿Tu padre está libre los sábados?”. El autor está tentado a decir más cosas poniendo como protagonista a un narrador-personaje en adaptación a otro contexto distrital. ¿Qué tomamos de la historia del padre? ¿Alguna lección? No es tan redonda como las demás historias.   

Nadie nos extrañará nos recuerda que la narrativa breve peruana no es solo una tradición, sino una mirada a futuro para contar el presente descontento, brumoso, que no deja de ser presente ni nuestro.

Mamut Que Levita

Puntaje:
3.5 de 5

Ficha técnica:
Palomino, Luis Francisco. Nadie nos extrañará. Lima, Animal de invierno, 2019. Cuento. Colección La Jauría. Pp. 94.



viernes, 7 de junio de 2019

Cien años después, Lastenia. Mirada y escritura de una dama de sociedad limeña




¿Fue Lastenia Larriva de Llona la autora más racista y clasista que alumbró el Perú de entre el XIX y el XX?

⎼¿Se ha muerto usted alguna vez?
⎼Todavía no, pero para cuando llegue el caso no quiero resucitar. Afortunadamente no anda ya Nuestro Señor por el mundo, pues no desearía ser un nuevo Lázaro.
¿Cómo nos leerán de aquí a 100 años? ¿Nos verán como snobs, grandes innovadores o, simplemente, nos absorberá el polvo del olvido literario, cruel verdugo para la mayoría de escribidores? ¿Cuánta de la producción bibliográfica sobrevivirá para contarse de aquí a un siglo?

Son preguntas que asaltan a este Mamut tras leer los 14 textos de Cuentos, volumen que publicó en 1919 la escritora y periodista Lastenia Larriva de Llona (1848-1924). Celebró la salida del libro, y fue uno de los momentos más aciagos de su vida: ese año Lastenia quedó invidente.

¿Racista, clasista? Un siglo después, Larriva de Llona resulta una grata sorpresa cuando uno mira ese momento bisagra, de entre los siglos XIX y XX de la Literatura Peruana, que, por cierto, ha tenido poca presencia femenina, salvo los casos de las siempre mentadas Clorinda Matto de Turner y Flora Tristán (descendiente de peruanos, para más señas). ¿Y fue el Perú el país más machista poniendo en el pedestal casi exclusivamente la producción masculina? Vamos, no sea ingenuo: pocas mujeres en el orbe tenían el privilegio de aprender a leer y escribir.  

Aparece Lastenia en ese contexto. Estamos frente a una verdadera “dama limeña”. No es huachafería ni machismo trasnochado la descripción. A la autora, deduzco de la lectura, le hubiera encantado. Porque Lastenia representa a plenitud a la mujer y la forma de ver el mundo desde clase media alta limeña.

Viudez: nacimiento literario
En el texto introductorio, el editor y encargado de dar una segunda vida estos textos una centuria después, José Donayre Hoefken, cita al ecuatoriano Rodolfo Pérez para dar los datos biográficos de la autora y así comprender mejor el lugar desde donde escribe e interpreta el mundo, ya lo dijimos.

La autora estudió en el colegio SS CC Belén de Lima. Era desde chiquilla “aficionada a las letras”, como se decía en aquellos tiempos, cuando la Literatura era visto casi como un bucle en las señoritas que practicaban este pasatiempo.

Al inicio, en esa Lima acojudada, nieta de chapetones, encorsetada y amante de la chismografía, Larriva tuvo que redactar bajo un seudónimo. Imagínes, ¡hubiera sido un escándalo que una joven de bien se dedique a ese oficio de crear personajes, fantasear! Además, para qué una mujer necesitaba oficio entonces, si bastaba ser mantenida por su esposo. Por ello urgía que las mujercitas encuentren un buen partido.  

La desgracia de la pérdida de su primer marido ⎼muerto en la batalla de Miraflores (15 de enero de 1881), en plena Guerra con Chile⎼ significó la emancipación a su destino como autora.

Recordemos, que hasta entonces Lastenia era una mujer que publicaba casi en secreto, que tuvo 5 hijos (Adriana, fallecida tempranamente, lo que sirve de insumo a la autora para la historia «Cuento que es historia», la narración más autobiográfica, donde habla también de su pasión por el piano y la vida a fines del siglo diecinueve en los ranchos del balneario de Chorrillos). Ojo, las familias entonces eran pródigas en retoños, cuando muchos de los hijos fallecían en la primera infancia, debido al desarrollo incipiente de la medicina.

Contábamos que Lastenia enviudece joven, trabaja como profesora de piano para dar de comer a sus hijos. Mujer guapa en medio de una ciudad donde circulaban tranvías, caballos y chismes, conoce al poeta y exdiplomático ecuatoriano Numa Pompilio Llona (1832-1907).

Estas segundas nupcias serán lo mejor para su vida literaria. Junto al poeta Llona, Lastenia dejará aletear con libertad ⎼y dentro de los cánones establecidos para una dama de aquel entonces, subrayamos⎼ su vocación literaria. Entre Lima y Guayaquil, desata su pluma y firmará con orgullo ¿y gratitud? “de Llona”. Publicará a partir de 1888 novelas, poemarios; dará nacimiento a la primera revista femenina y escribirá artículos sociológicos en El Comercio de Lima. Hasta aquí su biografía a grandes trancos.

El privilegio de la daga
La primera impresión es de una Lastenia, mujer privilegiada: perteneciente a una clase acomodada limeña y que había tenido demasiada suerte en rehacer su vida sentimental y no “caer” de clase, como otras que no tuvieron la misma “suerte” al enviudar. Menos a “progresar” y sobresalir en un rubro casi exclusivo de los hombres. 

A la vez, resultó una daga porque dicha sociedad tenía ciertos temas vedados. ¿Lo sabía Lastenia? Claro que sí. Este Mamut siente cómoda a la autora en su rol, escribiendo sobre aquello que le era permisible: los fantasmas, ponderar sobre los valores, mirar sobre el hombro a quienes caen en pecado, mirar con clemencia a los pobres y como a ciudadanos de segunda categoría a los indígenas.

Lastenia fue una mujer tan inteligente y conocedora del lugar privilegiado desde donde miraba el mundo. ¿Pero, había acaso otro lugar mejor para una escritora de su época? A la vez, Lastenia demoró en publicar (hasta hoy, no es ninguna prioridad para la sociedad peruana el ser letrada, es una sociedad con otras “prioridades”).

Estilo: una escritura en tránsito
Donayre Hoefken cita al crítico Ricardo González Vigil, el cual señala que tanto en los cuentos que analizamos de Lastenia Larriva, como en su obra poética ⎼que no es motivo de este comentario, y desconocemos⎼ existe “el tránsito de la sensibilidad romántica a la inquietud modernista” (Pág. 13).

Quien escribe es una narradora de mirada católica, conservadora, con cánones muy definidos de belleza. Es también una narradora muy ligada a su contexto histórico-social, a las formas de producción, transporte y creencias de aquel entonces. Inclusive este rasgo se da cuando transita a géneros ajenos al realismo. Lastenia intenta que sus historias cortas tengan un mensaje moral, haciendo que en la historia se cumpla aquello que el personaje principal planteó en un primer momento.

En este sentido, cito el «Cuento del sepulturero», perteneciente al género fantástico. Un grupo de personas sostienen una conversación “filosófico-psicológica” en una sobremesa, acerca de la muerte, intentando encontrar cierto valor a la muerte. El narrador principal tiene un argumento: “Solo los que tienen madre pueden volver a la vida con la esperanza de ser bien recibidos.” (24). Contará la historia del sepulturero de su pueblo y una noche singular donde un ángel les concede el deseo de volver a la vida. La historia, cuya segunda parte es la más espeluznante y cautivadora, servirá al anónimo narrador a subrayar lo que contó. Y no digo más para que vaya a leer Cuentos.

Otra constante es el papel de la mujer (la mayoría son protagonistas femeninas, hubiera sido muy trastocador ponerse siempre en la piel de un hombre). Lo que está ligado a lo que le tocó vivir (mujer dos veces enviudada, madre de familia, clase media alta, recordamos). También advierte este Mamut que los cuentos tienen esa moralina que para los lectores de su época debió ser muy bien ponderado, no lo dudo.

Mirada de mujer (de época)
«Una historia como hay muchas» podría hoy ser un buen guión para un cortometraje porque es a través de un elemento moderno, el cinema, que presenta como la última de las películas La feria de Santa Cruz en colores, con la cual la protagonista, la viuda“Julia del Mar”, de “carácter angelical”, confirma lo que todos cuchicheaban sobre las circunstancias en que murió su marido. Importante porque el medio de transporte es el tren de Miraflores a Barranco. Ah, no dejaré de mencionar que hoy los diálogos de la protagonista y sus amigos “Valentina” y  “Octavio” podrían ser prestados sin problemas por alguna telenovela mexicana.

¿Lo hacía exprofeso Lastenia o era su forma de hacer una crítica solapada a las mujeres de su tiempo? «Fatalidad» es otro retrato de la mujer de aquel entonces y el mundo de las apariencias, donde la pobreza ¡y más la mendicidad! es un pecado desde cierta clase social. 

Los nombres sirven a la autora para reforzar ideas. «Iris» es el más claro ejemplo. La protagonista es una niña mendiga ciega, “blanca, rubia como el oro, de carnes mórbidas el cuerpo y de lindas facciones el rostro”, cuyo mayor deseo es “ver la luz”, representación de Dios.

En «El rey Herodes (cuento de Navidad)» la protagonista es una niña bien de cinco años, “Lolita de Jesús Valencia” “esa linda niña de tez blanca como la nieve”, hija de un “bizarro y caballeroso general” y de una “virtuosa y bella” madre. Pide al Divino Infante y a su padrino, el coronel Monforte, un “cholito” de verdad como regalo de cumpleaños. Llega el chiquillo de seis años, Tomasito, que traen a rastras desde Juliaca: “El chico era un bonito tipo de su raza (...) por sus venas corría pura y sin mezcla alguna, la sangre de los antiguos hijos del Perú.” (56); “Tomasito, de cabellos negros y lisos como la crin de un caballo” (57). La narradora utiliza el cuadro del italiano Guido Reni, La degollación de los inocentes, que narra cómo el rey Herodes  ordenó asesinar a todos los niños menores de dos años para causar la reflexión. La niña recapacita y salva a Tomasito, su madre y su hermana de la “suerte del siervo”. 

Lastenia, la fantástica
La gran veta de Lastenia Larriva es lo fantástico. Es una narradora con gran fibra para lo espectral. Son las historias más cortas y mejor logradas del conjunto; donde la autora echa mano a sus mejores recursos narrativos en las escenas determinantes. Sí, a este Mamut le agrada más la Lastenia que narra solo con el afán de contarnos una buena historia, dejando de lado la moralina que, a veces, agobia sus otros relatos.

Pertenecen a esta categoría, «Misterio», una pieza fina y enigmática para hablar de aquello que no se puede explicar “por las leyes naturales al alcance de todos” (69); e «Inexplicable», donde los celos pueden trascender el cuerpo físico.

Repito que esta cualidad de su narrativa se frena cuando la autora se autoimpone tonos ligados a la moral y a la mirada cristiana. «El niño Jesús de Teodoro (cuento de Navidad)», que es más una nouvelle, el texto más largo de Cuentos, puede tener el equilibrio que buscaba la autora: cumple su fin normativo y tiene una narración que envuelve, a pesar de lo extenso del texto, donde son claves la imagen del Niño Jesús y la Navidad para lograr redimir de “la vida de orgías y escándalos” al protagonista, que tendrá que decidir entre dos amores: “Rosario”, “una muchacha del bajo pueblo, pero soberanamente hermosa” (117), que “se cimbraba con voluptuosos movimientos de sirena o sierpe tentadora” (122) y “Celia”, “angelical criatura”; una chica bien de “delicado perfil”, de “dulce y melancólica expresión de sus hermosos ojos azules” (123). Esta nouvelle resalta también porque es la única que da un pincelazo de las costumbres navideñas de la época en el Centro de Lima y, ¡oh, amantes de la gastronomía!, habla de los platillos y bebidas que se consumían en la capital, una ciudad marcada por las campanadas de las iglesias. Un hecho biográfico importante se desliza: es el único relato donde ella da a conocer su amistad con Ricardo Palma. El papel fantástico lo tendrá la imagen del Niño Jesús.

PUNTAJE: 4 DE 5

FICHA:
Larriva de Llona, Lastenia. Cuentos. Lima, Maquinaciones Narrativa. 2019. Pp. 174

Conozca las joyas de la Biblioteca Nacional del Perú

  @vadillovila