domingo, 31 de mayo de 2020

Resina, muy lado B

Muy lado B


Una mirada a Resina, el nuevo libro de relatos de Richard Parra.



Resina fue escrito con la verga. Diez relatos tipeados con el pene enhiesto y entintado, ora inclemente, ora poético, ora pastrulo. A vergazos. Escrito mientras se manoseaba los senos a lo Bukowski y una botella de tequila, tomando una lápida como escritorio donde garabatear las historias. 

Muy lado B. Muy beatnik. Muy realismo sucio. Muy dark. A veces, también, muy Tarantino del culo del mundo. Sí, Resina, sobre todo, exuda los aires del sur del río Grande. Sudaca. 

Y la marginalidad pasa por la garganta del lector como la vieja guillete oxidada con la que el drogo amenaza tu cómodo lugar de espectador, pidiéndote un sencillo, ¡atención! 

Muy literatura de sobreviviente. Richard Parra es un redivivo de las cloacas de la humanidad que, con la ropa echa tirones, todavía escurriéndose de las miasmas y en pleno delirium tremes, se ha sentado a tipear otro libro de relatos hiperrealistas. 

Cada autor tiene una obsesión con determinadas búsquedas estéticas. Las huellas de personajes y contextos de los relatos Contemplación del abismo (del cual ya opinamos el año pasado), o las nouvelles Necrofucker y La pasión de Enrique Lynch, tienen una continuidad natural en Resina. Y cada vez, el ADN narrativo de Parra se torna más salvaje, descarnado.   

Aquí también, la oscura belleza de lo narrado reside en lo grotesco, en la fealdad (para muestra la descripción del hijo de Lucero, relato “Camposanto”, Pág. 142), en lo violento, en hacer de todos estos aspectos lo perenne.

Lo sexual


Los efluvios del sexo convierten las páginas de Resina en sábanas de telo con paredes de triplay y baño común. 

El sexo es un vehículo de placer sin aquello que edulcoradamente llamamos amor. El chicloso verbo “amar” poco importa en el encuentro de dos o más cuerpos del universo parrariano. 

Ergo, en Resina no existe el erotismo. Los personajes no tienen tiempo para caricias, casi como si fuera una mariconada ser detallista a la hora del pecado. 

Aquí, el sexo es cópula pura, sin saliva. Una autopista salvaje; un bajarse la bragueta y empezar a fornicar en telos de cuarta categoría, en burdeles de los extremos del mundo con prostis que aceptan esa realidad. 

También en Resina el sexo es autodestructivo. Un negocio, claro. Una carnada, también. Una nada, por supuesto. Y también el sexo es violación. Violaciones silenciadas, impunes, porque siempre está relacionada con quienes ejercen el poder. Y pocos/cas se atreven a comer el platillo frío de la venganza.

Es la versión de Parra del famoso falo como metáfora de poder, de lo que siempre hablaban los especialistas de Literatura en los años setenta y ochenta. 

Hay algo de andrógino también en algunos personajes. Por ejemplo, “La Chola”, de la historia “Chevy del 64”, tiene nombre femenino pero es un boxeador surgido de los bajos fondos de La Victoria. El chico vive con un pie en lo lumpen y el deporte de los puños parece que lo ayudará a salir, que será un deportista genial, pero su círculo de “amigos”, se encargará de hacerle recordar que eso de dejar las drogas, los robos, no es progreso, sino una traición.

Porque en las historias de Parra no tiene sentido alguno salir a flote, salvarse, respirar fuera del agua: el individuo no tiene ninguna forma de negociar con el puto destino. Inclusive para el narrador-personaje, “Michel”, el silencio es mejor amigo que la verdad; mejor callarse que morir con un verduguillo destrozando tus tripas. 

La sexualidad de Resina, es abierta, cosmopolita, sin fobias, tal vez curioso. O, mejor dicho, realista. Se nombra por ejemplo “la chito” (lesbiana que ejerce el rol masculino) “Trinidad Guadalupe”. En “En el río culebra (la pichicata es la solución)”, un burdel con todos los lujos en medio de un lugar miserable que vive del narcotráfico, se da el lujo de traer para su inauguración con “mujeres y travestis operados”, que llegan de Iquitos y Brasil. 

La narrador-protagonista, “Maz Nah”, tiene un amor con su hermano. En “Calandria”, el último relato, hay un juego de roles, donde “Asdrúbal”, “Andrónico” y “perro”, en algún momento son la “Calandria”, la representan, pero, a la vez, son distintos.

Los contextos, el lenguaje  


Parra (Lima, 1976) tiene una memoria del Perú de los ochenta en adelante. Este país ochentero, noventero, del dos mil, está presente tanto en los contextos de las historias, como en los personajes y el lenguaje. 

Sí, un gran acierto del narrador es el lenguaje de sus personajes. Muy coherente con su búsqueda estética. A la vez, demuestra un oficio del autor, un oído entrenado con este tipo de realidades. Porque cuando un autor no lo ha vivido, escribe con muchas dificultades sobre espacios históricos y clases sociales de las que solo tiene la mirada de un turista japonés. Lo peor que puede pasar a un libro de relatos, a un poemario, a una novela, es tomar los espacios como decorativos para contar historia que se creen comunes a todos los seres humanos. El dolor es humano, pero cambia, se hace más agudo en cada realidad.  

Uno. “Chevy del 64”, está ambientado en el primer gobierno de Alan García; se habla del “lumpenproletariado”, de un “alcaide, un aprista de porquería” (Pág. 24). A las abofeteadas se las llama “quechis”.    

Dos. El título del libro y del cuento que da título al conjunto, Resina, toman una palabra cuyo uso común es sinónimo de aceitoso. En el peruanismo de clase media limeña, también equivalió a malaleche (en “Royal Burguer”). Este mamut no puede constatar si las nuevas generaciones utilizan el término, por eso hablo en pasado. 

Lo que sí se mantiene hasta hoy es llamar “resina” al que no se baña, al maloliente. La variante actual que usan los jóvenes es “resineitor”, neologismo que es la suma de las palabras “resina” y “terminator” (de la saga protagonizada por Arnold Schwarzenneger).   

Volvamos. “En el río culebra (la pichicata es la solución)” se inicia cuando los colonos andinos llegan a la selva tras el terremoto en el callejón de Huaylas (1970). Fundan “El Ensueño”, una paradoja al devenir pesadillezco de su miserable historia. 

Deben de enfrentarse a los “indios” del apu Amaru (quienes obviamente quieren fuera a los foráneos), y, a la vez, llega el narcotráfico. La coca, la pichicata, agudizará y volverá más violento todo. La coca es un equivalente moderno becerro de oro bíblico. Se traza un arco histórico hasta el XXI, con la llegada de los “terrucos” del camarada Alipio (Sendero Luminoso). 

Es una historia que puede ser la de cualquier poblado de la selva de los últimos cuarenta años: esperanza-droga-muerte-¿redención? 

Si bien son necesidades de la historia, si ponemos al conjunto de la obra en el diván, podríamos decir que Parra necesita volver a los espacios marginales, donde él y sus personajes son más felices (digamos). 

Por eso, tal vez, en “Royal Burguer”, si bien hace una buena descripción del Miraflores, donde vive la psicoanalista Anabel Spitzer, es un espacio que el narrador-personaje deja rápidamente. 

“Royal…” se desarrolla en un momento más reciente, tras el descubrimiento de los sobornos de la brasilera Odebrecht, y el encierro del expresidente Ollanta Humala y su esposa, Nadine Heredia. 

Otro periodista, “Charly”, narra “Carecuchillo”, que empieza con un viaje hasta el penal de Pomacancha, en Junín, para ver al “Ruso”, un convicto amigo de su niñez. Parra hace una muy buena descripción de las noches huancaínas; Parra no lo escruta con los ojos del narrador limeño convencional, muestra esos espacios donde son felices las guitarras distorcionadas en el rock y la chicha y también el huaino, ¿por qué no? 

En esa línea, “Camposanto”, es un gran relato. Se narra desde una mirada femenina y de cómo es la vida de los hijos de los migrantes, su descubrimiento de la sexualidad, su mirada sobre la religión (la mamá ya no era católica, pero tenía una deuda con el Divino Niño). El relato también permite también hablar, con una distancia, del conflicto armado interno, que dejó muchos capítulos vacíos personales y de sociedad.  

Religión, literatura, periodistas


Otro rol es el de la religión: la cruz católica tiene una presencia permanente en los relatos, sobre todo, en aquellos que suceden fuera de Lima. 

Parra es el reflejo de la compleja relación con la iglesia que tienen los peruanos. En “En el río culebra” están los esfuerzos del “padre Valera” mientras que el predicador Urraca del relato “Calandria” es tan gris como sus propósitos, ¿busca ser una luz para los fumones? ¿o se aprovecha de ellos para crear su propio reino alternativo? 

El espacio onírico de “La sublevación” lo sentimos un tributo literario al “Ángel de Ocongate”, de Edgardo Rivera Martínez. Es una pieza de las mejores de Parra, ambientada durante el virreinato, las bajezas para dar obtener réditos del poder y los diálogos del arcángel San Miguel, son una delicia. “Soy un canto quieto, pero canto al fin: una membrana jadeante”.

Resina incluye personajes periodistas (herencia del realismo sucio donde siempre hay periodistas, escritores-periodistas, escritores). “Royal Burger” sigue el arquetipo del periodista bohemio, de aquel que quiere ser escritor y no llega a nada porque recuerda que es peruano, vive en el Perú y aquí a nadie le importa un carajo el libro. Para algo existe Netflix. 

Ese cuento le sirve al narrador para dar sus opiniones sobre los representantes de la literatura latinoamericana actual: Fuguet (“¿el torombolo ese?”), Roncagiolo (“Roncayulo”).

“Fiorella”, la coprotagonista, en el fondo quiere que triunfe “Tigre”, y quizá tiene más olfato literario que él. “Lo dice el mercado huevas. La época de Bukowski, Carver, del realismo sucio, de los compactos de Anagrama. Ahora estamos en otra.” (Pág. 49)

En “Resina”, relato ambientado en el Perú más reciente, “Santiago” es el poeta bohemio cuya muerte lamenta el país letrado, pero el narrador-personaje, “Willy”, se encargará de demostrar, desde su lugar acomodado espacio en la sociedad limeña, que el poeta era un resentido y vividor. Una resina. Y las resinas no merecen las mejores hembras de la ciudad. 

Los cuentos finales, “Ray, este es el paraíso” y “Calandria”, son los más extensos. “Ray…” es el único que sucede fuera del país, en otro espacio que el autor conoce muy bien, Nueva York. En un psiquiátrico de la ciudad de los rascacielos. Hay voces superpuestas en estas elucubraciones de los enfermos psiquiátricos, pero… tiene un pero, algo falta. “Calandria” es también muy ambiciosa y faltó una vuelta de tuerca, el lector puede perderse un poco en quién es Calandria, por ejemplo. Más allá de ese detalle, en la historia. 

Repito, este libro fue escrito con la verga y derrama buenas historias. 

Si está listo para sumergirse en el inframundo del Perú, sea bienvenido. Parra será su guía y no dudará en ahogarlo en alguna ciénaga, mientras se pone los audífonos a todo volumen y se pierde entre las sombras de la medianoche que es el mundo donde vivimos.  

FICHA TÉCNICA
Parra, Richard. Resina. Lima, Seix Barral, 2019. Pp. 183.

sábado, 23 de mayo de 2020

Lima y Piura según Varguitas

El héroe discreto marcó el retorno del Nobel de Literatura 2010 a los escenarios peruanos.



De la Lima de los años cincuenta a la megápolis actual. Si en La ciudad y los perros (1963), Conversación en la Catedral (1969) y La tía Julia y el escribidor (1977), la capital peruana era una ciudad todavía pequeña, medible, que partía del Centro hasta Miraflores. 

En su autobiográfica El pez en el agua, el Nobel arequipeño miraría primero con nostalgia la ciudad y, luego, con ojos de candidato al sillón presidencial a esa urbe que crecía y se hacía inconmensurable, igual que el país que recorrerá como candidato a la cabeza del Frente Democrático (Fredemo) en la campaña presidencial de 1990. 

Sobre esta primera geografía limeña según Vargas Llosa, PromPerú presentó en el 2008 un libro que hasta hoy se puede descargar gratis por internet, La Lima de Vargas Llosa. Rutas literarias

En cambio, la Lima posmoderna, la que crece con una economía de mercado a ritmo acelerado, se retrata en El héroe discreto.

Esta urbe sudaca del siglo XXI tiene su epicentro financiero en el distrito de San Isidro, el Wall Street limeño. Vargas Llosa no es ajeno a esa mudanza de las grandes firmas que fueron dejando el Centro Histórico a partir de la década de los ochenta, por el temor a los atentados de los grupos terroristas, el empobrecimiento acelerado de sus alrededores y siempre buscando otros espacios exclusivos. Hoy tener sedes centrales en San Isidro o Surco dan caché (o eran algo importante antes de la pandemia del covid-19); como si los edificios, homogenizados con vidrios templados y laminados, dieran estatus y se convirtiesen en sinónimos de calidad, ¿o no? El cielo es el límite.

PERSONAJES Y MOVIMIENTOS

También influido por la sanidrización de las finanzas peruanas, que se vigorizaron en los albores del XXI, el octogenario empresario Ismael Carrera ha mudado la firma de seguros que fundó su padre. Con él trabaja, desde hace tres décadas, don Rigoberto, sibarita personaje presente por tercera vez en una novela de MVLL, además de ser mencionado en el cuento infantil Fonchito y la luna (2010). 

El don Rigoberto de El héroe… ya está a punto de jubilarse e iniciar el momento más gozoso de su vida: dedicarse en adelante a admirar el buen arte, viajando por Nueva York, París, Madrid, Milán, México, visitando los museos del primer mundo, escuchando conciertos junto a doña Lucrecia, la amable madrastra de Fonchito. 

Los personajes del Nobel arequipeño no se mueven por toda la ciudad. Vargas Llosa no buscó una novela total limeña (tal vez la que más se acerque a este propósito literario sea Conversación en la catedral). Si bien otra novela de estos fines estilísticos y totalizadores es La casa verde, la obras vargasllosiana por antonomasia que da la mirada más abrumadora y totalizadora de una sociedad, sin lugar a dudas es aquella que se inspiró en la rebelión en Canudos, La guerra del fin del mundo

En cambio en El héroe discreto, MVLL toma la urbe como pretexto para hablar de los limeños de la clase social que él mejor conoce: la clase alta. No toma la temperatura al auge de las nuevas Lima, de Lima Norte, Lima Sur o Lima Este, que los marqueteros y sociólogos sí enarbolan porque estos nuevos espacios son alimentados. 

Volvamos. Decíamos que los personajes de El héroe discreto no se mueven por toda la ciudad -no son periodistas ni “marcas”- sino circulan por determinados distritos. 

Narciso, el chofer de Ismael Carrera, recorre el mundo en un Mercedes Benz, por las calles de Miraflores, Barranco, San Isidro. Es el espacio geográfico y humano que delimita la novela. Chorrillos es sólo un ramalazo, un escenario del apretujado matrimonio civil de don Ismael, cuando se casa en segundas nupcias con su empleada doméstica, Armida, lo que llena de rabia al par de vagonetas de sus hijos, Miki y Escobita, cada uno más inútil que el otro. 

Vargas Llosa toma el pelo de las mañas, traumas y racismo de la clase alta limeña. Para Miki y Escobita y para media Lima es casi una deshonra tal matrimonio; y lo reproducen los medios de comunicación masiva, es la comidilla, como los escandaletes de los cuales “la civilización del espectáculo” se alimenta a diario. 
El único que escapa de estos escenarios es el padre Pepín O’Donovan, que aunque pituco, trabaja en una parroquia de Bajo el Puente y desde ahí, pedaleando en bicicleta, recorría la gran Lima. 

Sí, Vargas Llosa escribe “Bajo el Puente” y nunca llama al distrito el Rímac, tal vez como una licencia poética, o porque se quedó con esa mirada de la Lima de los cincuenta. Desde hace más de 30 años, para el resto de los vecinos es, simplemente, el Rímac. 


PEQUEÑO ESPACIO DE CIVILIZACIÓN

A Fonchito se le aparece, no sabremos nunca si fantasma o creación mental, Edilberto Torres, y con el personaje de Elogio de la madrastra recorreremos mejor la ciudad desde la perspectiva de la clase media alta limeña. 

Fonchito, que ya está en los quince, va al cafetín del Parque de Barranco, asiste al colegio Markham, mueve el cuerpo en una discoteca sanisidrina y se va al cine a ver la última de James Bond-. Siempre al lado de su inseparable amigo, el Chato Pezzuolo. 

Es un chico “normal”, a diferencia de los jóvenes de su generación que, “emborrachándose los fines de semana, fumando pitos de marihuana, jalando coca o tragando pastillas de éxtasis en las discotecas del balneario de Asia, en el kilómetro cien de la Panamerican, como tantos niñitos bien de Lima” (Pág. 205). 
Don Rigoberto, en cambio, prefiere su escritorio, su biblioteca, “su pequeño espacio de civilización”, ahí se divierte y excita sus sentidos con el fino arte, las lecturas, la música. 


PIURA POR DENTRO

MVLL llegó a Piura, por primera vez, cuando era casi un niño, en el verano de 1947; aquí terminará la primaria el futuro novelista. Luego volverá para terminar su educación escolar, en 1952, en el colegio nacional San Miguel. Ahí incursiona en el periodismo y dirige su primera obra de teatro, La huída del inca. 

Inmortalizaría la ciudad como escenario en Los cachorros, donde aparece Lituma y La casa verde. El ahora sargento de la policía de El héroe discreto, tiene “la cara morena y regordeta”, su presencia es casi es una presencia en las sombras. 

Por Lituma, como sucede con el narrador omniprescente, recordamos a la vieja Piura de los cincuentas y a la pacotilla de “Los Inconquistables”. Los hermanos León, José y el Mono son también sombras del ayer, los años han pasado y han dejado sus huellas. 

Aunque nació en Yapatera, el dueño de transportes Narihualá, el enjuto Felícito Yanaqué, persona central de la novela, tiene la de todos los migrantes que llevan muchos años en una ciudad destino: se mueve con anchura por las calles del centro de Piura. Su próspero negocio queda en la avenida Sánchez Cerro donde también está el Mercado Central y la comisaría. En esta última conocerá a los “cachacos”, el sargento Lituma y el sicalíptico capitán Silva, quien sólo ve las caderas de la señorita Josefita, “una hembrita de la pitri mitri”. La ciudad a cambiado a su alrededor y el río Piura no ofrece la mejor vista. 

No es sonso este don Felícito, hace sus ejercicios matinales de Qi gong, se sienta bajo los tamarindos de la Plaza de Armas, se toma su juguito de frutas en el restaurante El Chalán, y atraviesa el puente colgante para ir al barrio Castilla, donde le ha alquilado una casita a Mabel, su joven amante con la que lleva ocho años en las buenas fauces del amor. Además de escuchar a Cecilia Barraza, a la que ha ido a ver en el Club Grau con su compadre, el “juerguista y putañero desde churre” Colorado Vignolo, ha puesto un avisito en el diario El tiempo, haciéndoles cara a los chantajistas que quieren que paga 500 dólares mensuales, ni nada más ni nada menos.   

“-Cuando Piura era una ciudad pobre, estas cosas no pasaban. ¿A quién se le iba a ocurrir entonces pedirle cupos a un comerciante? Ahora, como hay plata, los vivos sacan las uñas y quieren hacer su agosto”, dice el sargento Lituma. Hoy son otros tiempos y la urbe norteña es uno de los motores de la agroexportación y la economía nacional.

Con Lituma y Felícito comprendemos las nuevas coordenadas de Piura. El señor Yanaqué va a visitar a la adivinadora Adelaida, ahí en el antiguo barrio del camal, para ver si tiene alguna "inspiración" y le saca de una vez qué pasará con su vida luego de la extorsión de los chantajistas que tienen a todos los empresarios piuranos pagando cupos. La Gallinacera del ayer, ya no existe, hay casas nuevas en El Chipe. 

Los turistas también aportan, Fonchito, doña Lucrecia y don Rigoberto llegan a Piura con temor de darse con una ciudad aburrida, pero descubren la pujanza traducida en centros comerciales, multicines. Lima no se hace extrañar. Pasa en El héroe discreto, pasa en la vida real.


FICHA TÉCNICA: 
Vargas Llosa, Mario. El héroe discreto. Lima, Alfaguara, 2013. Pp. 383

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  @vadillovila