martes, 11 de febrero de 2020

Bendita ternura




La ternura parece divorciada de la literatura local. Mejor, la bronca. 

La media de los libros que más gustan y se comentan en el Perú lleva implícitas altas dosis de violencia, sobre todo, la emocional.

Basta con leer las novelas premiadas los últimos diez años en el país para corroborar lo mencionado: corren por sus páginas violencia de distinto tipo, y son excelentes libros.

Se podría argumentar que esto se debe al peso del realismo literario que tiene en los autores y nuestra pequeña industria editorial desde finales de la década del cincuenta.

Entonces, mil veces mejor narrar sobre personajes que transitan por tortuosos y agrestes senderos existenciales. A veces se sazona lo expuesto con una mirada sobre la realidad social o la historia reciente (aunque esto último ha sido también otro campo minado).

Y los escritores jóvenes creen que los tópicos de desesperanza, los sueños truncos, el revanchismo y lo urbano-marginal, tocados con un lenguaje ácido, desangelado y lleno de procacidad y mentadas de madre, es el camino que lleva a la fórmula (¿ganadora?).

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Uno llega a las páginas de Días bellos, pero no tanto, y se da con la sorpresa que la ternura, también produce trabajos interesantes cuando son voces propias.  

Alonso Mesía Macher (Lima, 1989) demuestra que se puede tomar un camino 180 grados del convencional y lograr un libro que se bien podría volverse una puerta de entrada para muchos adolescentes que buscan un primer libro.

El autor es una isla entre los nuevos narradores: escribe con una ternura sin impostar que este mamut no leía desde Alfredo Bryce Echenique, el más entrañable autor peruano.

(Otros autores, desde José Arguedas o Abraham Valdelomar han trabajado al respecto pero no en la totalidad de su obra).

Sí, Mesía, por su lenguaje, su mirada del mundo, es un cruce entre Bryce y Woody Allen.

El autor ha tenido que financiar su libro y sacar una edición de autor, cuando Días bellos…, en otra realidad, debió de ser peleado por las editoriales: es un trabajo perfecto para el plan lector de la secundaria. ¿Es que acaso no hay cazatalentos literarios en el país?

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Son 10 historias acompañadas cada una con un bello dibujo de Ioke, que le dan un valor adicional al trabajo.

Es el primer libro de relatos del escritor limeño, pero conocimiento de causa en su escritura: trabaja las narraciones cortas con un buen manejo de los párrafos cortos.

Esto, como lo mencionamos en otros autores, se debe al paso de Mesía por la crónica periodística (los últimos años ha publicado artículos de periodismo literario para distintos medios de América Latina).

Su libro nos reencuentra con la ternura pero no desde una mirada ñoña. Eso lo diferencia de otros libros que nunca llegan a buen puerto y buscan ser entrañables.

Me animo a ensayar que esta mirada se debe a la buena niñez que tuvo: un chico de barrio, pero sobre todo de casa, con padres que se preocuparon por él. ¿Acaso es pecado recibir amor en la niñez o todo escritor debe de ser maldito desde la cuna?

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Días bellos… echa especial mirada a la niñez y la juventud.

Sus personajes no son ajenos al dolor, pero su tratamiento es distinto.

Sufren el divorcio de los padres (“Magia es un huerto en casa”), pérdidas irreparables (“Un teléfono público para llamar a Dios”, “El perro de tu infancia volverá para morderte”) o la maldad (“Los malos aprenden a amar a través de una reja”).

Sin embargo, no hay una negación al mundo. Al contrario, se respira la buena onda y la necesidad de seguir caminando sin detenerse a quejar.

Sobresale en Mesía ese asombro por lo cotidiano y su búsqueda de la belleza narrativa en aquello que parece llano.

Además, hay un manejo bastante sutil del humor, por eso recordaba a Allen; baste como ejemplo “Historia de amor de una pareja con sarna”.

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Mesía Macher es rebelde. Nos grita que no se necesita ser grosero ni desconsiderado para escribir bien. Tiene música, tiene voz propia.

Inclusive el número de hojas (79) o el color de la portada (rosado), podrían engañar a los que buscan literatura al peso.

En los siete primeros relatos, comparten ese aire del universo familiar, cotidiano. Para los tres últimos, tal vez nos muestra algo de lo que vendrá en su narrativa: se vuelve más onírico sin dejar ese tono tierno y sincero del cual hablamos.

La breve “Equilibrio”, por ejemplo, es una pieza redonda para hablar de los pactos secretos. Y con “Un arbolito en la panza” el narrador nos recuerda que no hay monstruos, solo bellezas diferentes.  

Ah, un adicional, en este libro no hay groserías.

Ficha:
Mesía Macher, A. Días bellos, pero no tanto. Lima, edición de autor, 2019.

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  @vadillovila