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La crónica, o la extraña belleza de la pirámide pervertida





Eloy Jáuregui tiene toda la experiencia necesaria para hablar de la crónica, ese género periodístico que el mexicano Juan Villoro denominó el “ornitorrinco de la prosa”. En Una pasión crónica. Tratado de periodismo literario, teoriza sobre este endemoniado género, basado en su mirada particular y en una vida que la crónica ha exagerado sin dejar de ser real.

1.
En los Panamericanos del periodismo narrativo, Eloy Jáuregui (Lima, 1955) es nuestro gimnasta mayor del periodismo cincelado con el martillo de la escritura creativa.

Es un indudable referente de la crónica o periodismo literario hecho desde el Perú, con una producción que supera la veintena de títulos y una vida errante por todas las redacciones de los medios escritos, revistas, periódicos, medios digitales, y los que aún no han nacido, porque seguro Eloy escribirá en ellos. Es un privilegio que ningún periodista nacional, en pleno ejercicio, mantenga y siga publicando con infidelidad creativa en varios medios o “canales”, a la vez.

Pero, ¿qué diantres es la crónica? Cito: “El contar historias con la magia de la verdad” (Pág. 18); la crónica “le devuelve a los usuarios el placer de leer buenas historias que son contadas con genio y gracia” (P. 19).

Eloy Jáuregui es dueño de un estilo barroco citadino-mestizo-achorado-poético-culturoso, un “siete colores” donde hacen cocción el conocimiento a profundidad del barrio como espacio vivo y fuente de información de primera mano –Jáuregui no sería Jáuregui sin Surquillo, y también sus viajes infiltrados en el calor de la noche por Lince, Jesús María y otras geografías urbanas limeñas que han impregnado su escritura para el goce de los lectores.

A ello sumemos un gran bagaje en las palabras y figuras literarias, herencia de su vena poética y del amor a los libros que le influyó su padre, el librero Néstor Jáuregui. También porque pertenece al grupo Hora Zero, que en los años setenta sacudió las buenas formas de hacer poesía y poetizó con todo lo que encontraba a su alrededor: desde el hambre hasta el vaso de cerveza sin helar. Varios horazerianos transitarían por la crónica; sin embargo, Jáuregui es el único de ese colectivo que, por décadas, se ha mantenido como firme devoto del mentado género.  




Eloy es amante lujurioso y empedernido de la palabra sensualizada y por qué no, sexualizada, en su rijoso y quimboso verbo con el que toma el pulso al Perú y balnearios.

No por menos sostiene que la crónica es “el nexo perfecto entre la información sin adulterar y la belleza de la escritura” (P. 17); o que “escribir es esa fricción de dos términos para construir en el sendero iluminado de la escritura” (P. 38).

Su sapiencia en el arte de preñar palabras y firmar sus hijos textuales, está sintetizado en 38 años en el oficio del cronista a tiempo completo en el río revuelto de la peruanidad, sus circunstancias y sus personajes. Aunque eso no lo haya convertido en millonario, lo ha hecho querido y singularizado (para los cronistas de los noventa y los que salieron de la escuelita de la recordada revista Etiqueta Negra, Eloy es un referente, tal como a mediados del XX lo fueron el elegante Alfonso Tealdo y el viajero Manuel Jesús Orbegozo).  

2.
Y para ser cronista, hay que ser testigo, es la regla de oro. Eloy Jáuregui ha sido parte del séquito que acompañó, lloró y bebió hasta el amanecer, en las exequias de FlorPucarina; ha viajado hasta la isla de Cerdeña, Italia, para conocer el lugar donde pasó los últimos días el poeta, novelista y artista conceptual JorgeEduardo Eielson, cuyos nudos en forma de estampita, Eloy guarda como una tabla de salvataje sobre la cabecera de su cama nunca fría. 

Finalmente, un editor (Jesús Raymundo) convenció de plasmar todo ese rico knowhow de este maestro por antonomasia del género más sabroso y hermoso del periodismo; y también de su experiencia como profesor universitario, pues Jáuregui, ininterrumpidamente desde el año 2000, ha enseñado las bondades de la “pirámide pervertida”; enseñando a sus alumnos a rebelarse contra el monoteísmo de su hermanastra, cumplidora pero sin bríos, “la pirámide invertida”, incentivándolos a ser bígamos y polígamos en sus fuentes de información y en sus búsquedas estéticas para escrituras mejores, para el deleite de sus lectores o consumidores de productos multimedia, si lo ponemos en el lenguaje actual donde los periodistas son productores.

El resultado es Una pasión crónica. Tratadode periodismo literario. Como todos los títulos de los libros de Jáuregui, no deja de jugar con frases ingeniosas y populares que, a la vez, tienen un segundo y hasta tercer sentido.

Así, Una pasión crónica, encierra también lo que ya mencionamos: que por las venas de Járeugui no hay glóbulos blancos y rojos, sino vino Gato Negro, lecturas de poetas beats y malditos y de la mejor narrativa mundial, y un ejercitar textual que él resumió en una frase que se prestó del desaparecido Oswaldo Reynoso: para escribir bien, bastan tres acciones al cubo: leer, leer, leer, escribir, escribir, escribir y vivir, vivir, vivir. 



3.
Criollo, al fin y al cabo, y escritor “en surquillano”, Eloy Jáuregui obliga al lector a estar atento, tomando nota, si es que quiere aprender algo en Una pasión crónica, porque sus pensamientos toman la Carretera Central de lo que significa el primer párrafo de una crónica y acaban, en el mismo capítulo, en la Panamericana Norte, citando a Nietzche y a Porras Barrenechea, por ejemplo. Pero es una lectura que cautiva.  

Y de este modo, a lo largo de los 15 capítulos, va regando así sus lecciones, que han sido salpicadas, sabrosamente, con los primeros párrafos de algunas de sus crónicas más elogiadas –este Mamut considera que Usted es la culpable, de 2004, es, de lejos, su mejor volumen de crónicas–, que obligan al lector a buscar la versión completa en alguno de sus incestuosos libros de crónica que publica casi anualmente.

Esta fórmula teórico-práctico ya la desarrolló otro genial del género, Martín Caparros, en su voluminoso libro Lacrónica (2015), que es resumen también los puntos de vista del cronista del argentino, que ya comentaremos en otro momento. Y el lector y el cronista en formación prestan atención a este tipo de libros porque combinan teoría más experiencia.

4.
La primera tarea que da Jáuregui a quien quiere sumergirse con escafandra en los mares del periodismo narrativo, es “conocer todas las formas de expresión que existen, pero más del arte de la poesía”. Me guste ese peso que le da a la poesía porque es el único género literario donde la palabra explora la mayor cantidad de significados que encierra un significante.

Sugiere también ejercitarse en el arte de mirar. Sí, ser un fisgón, es una obligatoriedad para construir las escenas, ver a los personajes compuestos en la fuerza de los detalles. 

¿Quieres escribir bien?, pregunta el cronista limeño a sus lectores. Entonces nos recalca poner en práctica los tres verbos: leer, escribir y vivir. Parece sencillo, pero implica un desafío amén de la inversión de tiempo. Hasta hoy sigo intentándolo sin mucho éxito.

Eloy no da en su libro todos los tips ni las mañas ni enseña todos los secretos para escribir buen periodismo narrativo, pero en Una pasión crónica nos abre las puertas, invitándonos a entrar y practicar la crónica. Lo hace mostrándonos las venas abiertas de su mundo de periodista literario y todas las lecturas y autores que lo han formado. Sí, lo importante es su experiencia. La delicia es leerlo, ramificar el pensamiento para captar dejar una idea que taladrará al lector-cronista, ¡ese es Jáuregui!



PUNTAJE:
4 de 5

FICHA TÉCNICA:
Jáuregui, Eloy. Una pasión crónica. Tratado de periodismo literario. Lima, Artífice Comunicadores, 2018. Pp. 208.

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