jueves, 20 de agosto de 2020

Salvar el fuego de Guillermo Arriaga

Luego de un descanso prolongado, este Mamut Que Levita retorna a las andanadas blogueras. Esta vez para hablar de Salvar el fuego, del escritor y guionista mexicano Guillermo Arriaga, Premio Alfaguara de Novela 2020. 


Este Mamut Que Levita sale de su hibernación para darle un nuevo soplido a esta página, después de las agotadoras jornadas de teletrabajo. 

Uno 

Confieso, sacerdotes de la palabra, que pertenecía al bando de los reacios a leer narrativa de largo aliento por placer en formatos electrónicos. 

Reservaba el uso de los libros electrónicos y los libros en formato pdf para cuestiones más utilitarias (académicas, estadísticas) o acumulativas (“sí, tengo ese libro en pdf”).

Máximo le daba un vistazo a algunos poemas sueltos (jamás poemarios enteros) para refrescar el día, como un buen café mental y aliviar la monotonía digital. 

Aún prefiero el olor y la textura de los libros físicos, como los fetichistas, y amo la lectura sosegada que brinda, que no cansa la vista. Sin embargo, la pandemia del coronavirus nos permite replantear nuestros cánones, romper algunos moldes, desafiar nuestras ideas preconcebidas y probar y comparar experiencias artísticas. 

Diré que la lectura en Kindle de una obra narrativa, me resultó interesante, sobre todo porque podía saltar del smartphone al formato laptop en cualquier momento; amén de hacer mis propios subrayados y descubrir ventajas tecnológicas como, por ejemplo, conocer las frases más subrayadas por otros usuarios/lectores. Y, claro, utilizar menos espacios físicos en momentos que el metro cuadrado en los espacios urbanos hace que el libro físico sea un lujo de tiempo y espacio.


Dos 

Las cuestiones de distribución de libros físicos se atrofiaron por el mentado bicho del covid-19, y a mí me interesaba leer lo nuevo de Guillermo Arriaga. 

Como le sucede a muchos, el nombre de este narrador mexicano me llamó la atención después de leer los créditos de Amores perros (2000), del director Alejandro González Iñarritu y descubrir el nombre del guionista. Sus personajes no eran maniqueos, exudaban humanidad y podías cruzártelos en cualquier esquina. Podías reconocer a los tuyos en ellos. 

Entonces busqué y pude leer, primero, El búfalo de la noche; después, buceando en las pocas librerías limeñas, también leía Un dulce olor a muerte y Escuadrón Guillotina, todas publicadas por editorial Norma. Y diré que valió la pena esa búsqueda implacable. 

A la par, Arriaga continuaba creciendo y creando fama como guionista. Luego de 21 gramos y Babel -ambas también con González Iñárritu en la dirección-, llegó al celuloide El búfalo de la noche (segunda obra suya protagonizada por Diego Luna y con guion del propio Arriaga); Los tres entierros de Melquiades Estrada, dirigida por Tommy Lee Curtis, y el propio Arriaga debutó como director en The Burning Plain


El Salvaje 

Fueron, también, diecisiete años de silencio editorial, desde El búfalo de la noche hasta que, en el 2017, salió de imprenta El Salvaje. Claro, el autor publicó en el 2006 los cuentos de Retorno 201, pero esa es otra historia. 

Si las anteriores eran breves -el más voluminoso era El búfalo de la noche con 236 páginas-, El Salvaje valía su espera su historia tomaba cuerpo en 693 páginas. “Uno tiene que escribir lo que tiene que escribir. Y la extensión es la que tenga que ser”, me dijo el autor, en aquella, su primera visita a Lima, en el 2017. 

Creo que Arriaga ha escrito una de las grandes novelas juveniles de América Latina. Mejor dicho, El Salvaje es la novela juvenil latinoamericana del XXI por excelencia. Dura y tierna. Contemporánea y anacrónica. Citadina y rural. Sobre todo, humana. Búsquenla.

Por ello, me llenaba de curiosidad cuando la noticia que había ganado el Premio Alfaguara de Novela 2020. Hacía varios años que no leía un Premio Alfaguara de Novela. La había pasado cojonudo con Caracol Beach (1998), Son de mar (1999), Últimas noticas del paraíso (2000), El vuelo de la reina (2003), Diablo guardián (2003), Abril rojo (2006), El arte de la resurrección (2010) y no muy convencido con Una novela criminal (2018), que se llevó otro mexicano, Jorge Volpi, un genial escritor, que había intentado allí un trabajo literario con aires de novela de no ficción a lo Truman Capote. 

Se daba -continúo el preámbulo-, de leer a un gran escritor y volver al Premio Alfaguara de Novela, que sabe de cimas y sismas; de márquetin y lisonjas al buen arte. 


Salvar el fuego 

Lo primero, Salvar el fuego es totalmente posmoderna y mexicana.

1.- El humor, la primera clave. ¿Por qué los escritores latinoamericanos seremos tan duros con el pobre jajaja? En Salvar el fuego, el humor es un elemento muy sudaca. Permite edulcorar el drama de gobernantes corruptos, de la aplastante presencia del narcotráfico en la vida diaria. 

Humor e ironía ya los utilizó el autor en Escuadrón Guillotina, ambientado en tiempos de Pancho Villa. No era una novela solemne histórica. Era diametralmente opuesta a la sombría El búfalo de la noche, que lleva familiaridad con Amores perros en el ambiente chilango, en la juventud, en el halo de la muerte. 

2.- La verosimilitud de la novela. Si André Bretón decía que México era el país más surrealista (“No intentes entender a México desde la razón, tendrás más suerte desde lo absurdo, México es el país más surrealista del mundo”, dijo en específico), Arriaga lo confirma con sus personajes, a quienes da soplos de vida con unos diálogos sabrosos, un abanico de las distintas hablas mexicanas; sobre todo, el contrapunto que hay entre chilangos y los del norte.  

2.1.- En Salvar el fuego, Arriaga toma de las mechas un aspecto espinoso para los críticos y lingüistas: la castellanización de términos en inglés. La relación simbiótica entre Estados Unidos y México se refleja muy bien en este spanglish libresco que recorre la novela, como sucede en la vida misma. 

Es este español híbrido y no el uso de tecnologías, lo que le da posmodernidad a la novela. ¿Dónde termina un idioma y empieza otro? Para los mexicanos resulta sencillo, y para los latinos, tan subyugados a la cultura de Hollywood, también es natural esta simbiosis. Estos juegos también pueden proponer cierto humor. “Juatdafok”.

Las clases sociales se marcan de acuerdo al habla de los personajes. Mientras Marina y su entorno, de los barrios exclusivos del DF, es remilgado; el de los bajos fondos, no tiene límites, chapucea, hace y deshace a su antojo la lengua de Cervantes (¿quién carajos es Cervantes?). 

Y José Cuauhtémoc, un surrealista gringo con sangre india; un preso con dominio de la cultura más alta, es justamente quien sirve para unir ambos universos sin colisionar. 

Este personaje es totalmente parte del arquetipo del universo de Arriaga: un salvaje, que también conoce de los giros poéticos. Solo en Arriaga estos dos universos van de la mano con naturalidad. Creo, que es una proyección del propio autor.   

Y el espacio donde se da el encuentro de mundos es el Reclusorio Oriente, famosa cárcel mexicana por ser antimodelo, con el narco como voz cantante y los funcionarios corruptos, el coro perfecto.   

3.- Hay un tributo a Juan Rulfo en la construcción del personaje Francisco Huiztlic: Arriaga también, como el autor de Pedro Páramo, hace dialogar a los muertos. La muerte, la vida al borde siempre están respirando sobre la nuca de los personajes. Es la marca de Arriaga. Es, también, el sino de Latinoamericana. 

4.- El oficio determina una construcción cinematográfica de la novela. Es como si el lector fuera un espectador que pasa de una escena a otra. Otro Premio Alfaguara que usó una técnica cinematográfica fue el desaparecido autor cubano Eliseo Alberto, quien también era guionista, como Arriaga, en Caracol Beach. Es casi una película en papel. 

En Salvar el fuego, básicamente tres personajes (Marina, José Cuauhtémoc y Francisco) construyen los ladrillos de la historia desde sus puntos de vista. 

Solo en el caso de Marina, va cambiando el narrador. Al inicio es un narrador personaje y ya casi al final, toma su historia un narrador omnisciente. Esto se debe también a los cambios de Marina: es ella, finalmente quien va a descubrir el fuego, quien deja todo por conseguir, finalmente, algo que llene su vida con una trayectoria ya definida.  

Las narraciones de las reflexiones de Francisco se mantiene la segunda persona -cuando le habla a su padre, Ceferino-. Para José Cuauhtémoc mantiene un narrador omnisciente que a veces se mete en la novela. Ceferino es un personaje que permite ver las contradicciones de la sociedad mexicana, la búsqueda permanente de reivindicación ¿o vengan? de las sociedades indígenas frente a sus conquistadores hace 500 años.  

Hay una suerte de “cortinas”, entre la narración de un personaje y otro. Marcan el inicio de cada capítulo. Se trata de los supuestos textos elaborados por los presos en el taller de narrativa que se dicta dentro del reclusorio. 

Estos textos tienen son bisagras: hay ciertas palabras o sentido que sirven como preámbulo a lo que vendrá. Otra lectura sobre estos pequeños textos nos dirá que son un límite entre la realidad y la ficción, ¿sucedieron realmente o son la elucubración de hombres que están encerrados en la cárcel?  

5.- La venganza o “fatwa narca” de El Máquinas sobre José Cuauhtémoc da un cierto aspecto de crónica anunciada que recorre el libro. Ya Arriaga había trabajado este tipo de tramas, captando la atención del lector, que quiere conocer el desenlace, en Un dulce olor a muerte. Pero en Salvar el fuego, es más rocambolesco, porque El Máquinas es más testarudo.

6.- En la obra de Arriaga los personajes urgen del sexo para, simplemente, sentirse vivos. El sexo salvaje lo practican todos, los humaniza, los vuelve terrenales, homogeniza al rebaño; hombres y mujeres lo buscan. 

Son algunos apuntes que puedo hacer de Salvar el fuego. Considero que la historia y la adrenalina corren a gusto del lector, pero El Salvaje sigue siendo superior. Lean ambas y compárenlas. El viaje será interesante.  

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  @vadillovila