martes, 2 de agosto de 2022

"TREINTA KILÓMETROS A LA MEDIANOCHE", DE GUSTAVO RODRÍGUEZ



Los lectores vamos con prejuicios. La literatura que llamamos light lo que busca, finalmente, es entretener a sus lectores.

 

José Vadillo Vila

@vadillovila @mamutquelevita

1.

No había leído ningún libro de Gustavo Rodríguez (Lima, 1968), a pesar de que su primera novela, La furia de Aquiles, tiene 21 años y fue muy exitosa.  

Tal vez se debe a que tenía prejuicios en abordarlo -las ideas preconcebidas siempre están presentes, inclusive en los lectores-. 

Porque Rodríguez es un hombre exitoso. Más que eso es un publicista exitoso. Desde fines de los noventa, su trabajo en este rubro ha dejado algunos telecomerciales y campañas exitosas. A ello se suma las entrevistas que le hicieron, convirtiéndolo en un personaje mediático. Para algunos, su aterrizaje en la Literatura era solo pose, pura cuestión de marketing.  

Creo que esa misma mirada tienen la crítica que no lo ha leído y parte de los mismos prejuicios (¿por qué hablar de un autor que tiene todos los canales de difusión, lo fichan inmediatamente las grandes editoriales, cuando tenemos a grandes autores de los cuales nunca habla la prensa?) a la cual le suma una temática light, que siempre se ve sobre el hombro. 

“Yo soy los relatos que me cuento de mí mismo y soy también los relatos que imagino que los demás tiene de mí.” (Pág. 55)

Pero, ser publicista exitoso es dominar la idiosincrasia de una sociedad y el storytelling, esa forma de hacer una narrativa atractiva para enganchar con las audiencias y vender un producto. 

Ese know how lo ha trasladado a su carrera como escritor avalado por ocho novelas, un libro de relatos, otro de artículos y uno de no ficción sobre la paternidad de tres hijas (Machista con hijas), basado en un podcast homónimo.  

En pocas palabras, Gustavo Gutiérrez siempre ha sido un escritor, con amplio conocimiento de las herramientas narrativas. Listo. 

Cito: “La publicidad no es un arte, pero es la prima rica de las artes. (…) les jode que las artes acudan  a esa prima para venderse como unas putas.” (Pág. 52)


2. 

Entonces vamos con Treinta kilómetros a la medianoche. Usando un paralelo con el cine, Santiago Roncagliolo la califica como una suerte de road movie.  

El relato es lineal: el protagonista está con su novia Karen celebrando una boda en Cieneguilla, cuando recibe una llamada donde le advierten que su hija ha tenido una emergencia y está en un hospital en Miraflores. 

Con la batería casi en cero, el protagonista recorrerá la ruta con Karen y un chofer. Literalmente, son 30 kilómetros a la medianoche. Pero el protagonista, en medio de su nerviosismo como padre asustado, va revelando detalles sobre su pasado mientras pasa por distintos barrios de la capital.

El relato es muy efectivo. Muchas partes mantienen enganchado al lector, con referencias a los políticos (hay una persistente mirada crítica sobre Alan García), la televisión, el cine, la música, locales limeños, que consumimos desde los ochenta en adelante. Algunas referencias literarias como Oswaldo Reynoso (a quien el personaje y el autor le deben el empujoncito para publicar su primer libro) y Philip Roth. 

Creo que un atributo es que Gutiérrez está atento al habla y la forma de pensar de los peruanos (“En este país informal, los hijos son el fondo de jubilación de la mayoría”), en especial de los limeños. Y eso lo traslada con naturalidad a sus diálogos. 

Lo otro es que da una radiografía de las diversas clases sociales limeñas sin caer en densos ensayos. Es una mirada irónica de alguien que ya forma parte de la clase alta y lo critica (“En un par de horas esos conductores se despertarán, soñolientos, y embarcarán a sus empleadores ricachones hacia sus casas y pisos exclusivos.” (Pág. 37)). 

Lo mismo sucede con sus reflexiones de sus hijas, que van creciendo, eligen diversas carreras y tiene amistades variopintas. 

La ironía tan limeña está presente en la novela: “los autos inteligentes se parecen a las personas inteligentes: tiene la habilidad de saber ser herméticos” (Pág. 29); “Mi bisabuelo era un gran hombre de su época y me gustaría mucho parecerme a él, salvo en ese aspecto que convierte a los grandes hombres en perfectos hijos de puta.” (Pág. 177).

Tal vez escriba directamente para el público lector que lo sigue, el cual él lo tiene muy definido y sabe que le gustan ciertos tópicos (aquí vienen otra vez los prejuicios). 

Déjeme voltear la torta. Pero, ¿qué de malo tiene un escritor con varias novelas ya publicadas conocer el tipo de público que lo leen y las temáticas que le interesan, conocer su mercado? Lo hacen siempre los de la literatura juvenil, infantil, la de terror, etc. 

A veces nos olvidamos que la lectura placentera, finalmente, es eso, una forma de pasar el tiempo con algo que nos enganche. 

Y aquí cada uno tiene ideas distintas. Lo que algunos calificamos de literatura light, para otros es pasar un tiempo invertido y sumergido en la literatura, lejos de una pantalla. Lo que para otros nos resulta interesante lectura profunda, con un despliegue de artilugios técnicos, con mensajes profundos, para otros resultará muy aburrido e intragable.  


3.

Gutiérrez se apoya en la autoficción para elaborar este personaje y su entorno, para desarrollar la novela. Repito, desconozco sus demás obras, y por ello no puedo hacer un juicio valorativo del conjunto de su narrativa. 

En Treinta… el personaje principal, igual que el narrador, tiene tres hijas, le ha ido muy bien en el oficio de publicista, lo cual le ha permitido ascender socialmente y disfrutar de una solvencia económica que no tenían sus padres. 

Es una novela que no pretender ser otra cosa. Solo cumple con su objetivo de entretener, generar algunas preguntas, sumergirnos en una clase social cuyos códigos quizá muchos desconocemos. Porque una novela en un escenario limeño, también cumple ese rol: ser irónica, hablar de la realidad desde otra perspectiva.  


Mamut Que Levita


Ficha:

Gutiérrez, Gustavo. Treinta kilómetros a la medianoche. Lima, Penguin Random House, 2022. Pp. 295. 


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  @vadillovila